La nueva portada de la novela gráfica BAJO LA PIEL DE LA BRUJA

“Hay libros que nacen porque uno tiene algo urgente que decir, y hay otros que aparecen porque, antes de contar la siguiente historia, uno necesita volver a tomar aire…”

 

En 2019 publiqué mi novela gráfica BAJO LA PIEL DE LA BRUJA, una obra a la cual le tengo un cariño muy especial y que al día de hoy, prácticamente se encuentra agotada.

Ya anteriormente he compartido en este blog, sobre el camino que ha recorrido la obra.

El año pasado además publiqué mi novela gráfica LODO, una obra ambientada en este mismo universo.

Este año 2026, mi obra tendrá una nueva edición y este es el avance de la nueva portada de la novela gráfica BAJO LA PIEL DE LA BRUJA.

¿Qué te parece?

Dibujando la portada de la edición 2026

Si te interesa esta nueva edición, te recomiendo que te mantengas al tanto, ya que estaré compartiendo información importante sobre el proceso de la obra y la preventa:

 

Yo soy Héctor Santarriaga y estos fueron #Mis2Minutos

 

 

¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?

La pregunta aparece una y otra vez.

Al terminar una conferencia. Durante un taller. Mientras firmo un libro en una feria o converso con alguien después de una presentación. Casi siempre la hace un joven que lleva un cuaderno lleno de dibujos bajo el brazo. A veces es un padre que acompaña a su hijo. Otras, una estudiante que está por terminar la preparatoria y siente que la decisión que tome en los próximos meses definirá el resto de su vida.

—¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?

Durante mucho tiempo, pensé en responder con una lista de licenciaturas. Era una respuesta correcta, pero nunca era suficiente.

Porque la pregunta estaba mal planteada. No porque elegir una carrera no sea importante. Lo es. Elegir estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la UAM Azcapotzalco fue una de las mejores decisiones de mi vida. Lo que ocurre es que ninguna universidad, por buena que sea, puede formar por sí sola a un autor de cómics.

Eso lo descubrí mucho antes de entrar a la universidad.

Y lo hice casi por accidente.

1. Dibujar.

A mí lo que me gustaba era dibujar.

Cuando era niño, fui muy afortunado porque siempre tuve libretas de hojas blancas a mi alcance para hacerlo. Algunas eran en tamaño francesa, pero la mayoría eran en formato italiana, casi siempre tuve a la mano crayolas, lápices de madera y cuando me iba bien hasta plumones, esos casi siempre fueron un lujo, ya que siempre se secaban demasiado rápido.

Me gustaba echarme en el piso y dibujar mientras veía las caricaturas. Recuerdo que cuando tendría tal vez unos ocho años, mientras veía Sandy Bell, les dije a mis papás:

– De grande, yo podría pintor, como Marcos.

Marcos era el novio de la protagonista de aquella serie de anime de los años 80 que transmitían en canal 5, un personaje bohemio que pintaba paisajes. Mi mamá sonrió y me dijo que eso estaba bien, porque entonces podría estudiar algo como Arquitectura. Porque ser arquitecto es una profesión súper respetable; pintar cuadros, en cambio, no tanto.

En mi familia nadie se dedicaba al dibujo, ni a la pintura ni a ninguna disciplina artística. Mi madre simplemente intentaba traducir aquello que yo sentía a un mundo que ella sí conocía. Yo solo pensaba que pintar paisajes no es lo mismo que construir edificios.

Yo dibujaba en los márgenes de los cuadernos, en hojas recicladas y, cuando no encontraba papel, sobre cualquier cartón que apareciera en la casa. Copiaba personajes de caricaturas, inventaba monstruos, llenaba páginas con naves espaciales, espadas poderosas y ciudades enteras.

No tenía método, tampoco disciplina. Dibujaba porque me gustaba hacerlo, dibujaba en todos lados, todo el tiempo. Cuando cursaba el cuarto año de primaria lo hacía junto con mis amigos Pablo y Ángel. Pablo dibujaba aviones y jets; Ángel dibujaba fortalezas y laberintos submarinos; yo intentaba un poco de todo. Incluso vendíamos nuestros dibujos y repartíamos las ganancias entre los tres.

Al terminar la primaria le perdimos la pista a Ángel. Con Pablo seguí viéndome durante toda la secundaria y yo seguía dibujando. Nunca pensé que aquello pudiera convertirse en un trabajo, ni siquiera recuerdo haberme hecho esa pregunta. En mi cabeza, dibujar pertenecía a un mundo distinto del de las profesiones.

Estaba en tercero de secundaria cuando una tarde platicaba con Pablo sobre el futuro. Pronto terminaríamos la escuela y comenzaríamos otra etapa. ¿A qué preparatoria entraríamos? ¿Seguiríamos siendo amigos? ¿Qué estudiaríamos después?

Recuerdo que le dije que me gustaría vender mis dibujos o dedicarme a pintar.

Pablo guardó silencio.

Abrió mucho los ojos y respondió sin pensarlo dos veces.

—¡No lo hagas! ¡No quiero verte vendiendo tus pinches cuadritos en una banqueta! Te vas a morir de hambre.

No recuerdo qué contesté.

Creo que ni siquiera intenté defenderme.

Simplemente seguí caminando con esa frase dando vueltas en la cabeza.

No entendía por qué alguien que dibujaba como yo veá las cosas de esa manera.

Hoy entiendo por qué reaccionó así. Pablo tenía muy claro que estudiaría la preparatoria en el ITESM y después una carrera universitaria, creo que entonces él quería ser ingeniero, y él, ya veía el mundo desde esa lógica.

Creo que desde ese día nuestros caminos empezaron a separarse.

II. Al dos por uno.

Cada semana iba religiosamente al puesto de revistas que estaba a dos cuadras de mi casa buscando el siguiente número de La Espada Salvaje de Conan o de Spider-Man. Aquella tarde no encontré ninguno. Conan estaba llegando a sus últimos números y cada vez era más difícil conseguirlo.

Después de revisar el exhibidor sin suerte, vi un paquete con dos ejemplares de Karmatrón y los Transformables. Venían embolsados juntos y tenían un letrero de 2×1.

Ya conocía esa historieta de vista, pero nunca me había llamado la atención. No la elegí porque buscara algo diferente. La elegí porque era lo único que había despertado un poco mi curiosidad y, además, estaba en oferta.

Me llevé los dos ejemplares a casa.

Leí ambos esa misma tarde. Empecé por el número 88 porque pensé que sería más fácil entender una historia que llevaba menos tiempo publicándose. Me equivoqué. Los dos continuaban una trama iniciada mucho antes y tampoco terminaban ahí. Entré a ese universo por la mitad.

La historia me pareció sencilla, casi como un episodio de caricaturas. Había robots, guerreros, ninjas, naves espaciales y extraterrestres. Pero lo que más llamó mi atención no fue la trama. Fue la sensación de que todo aquello pertenecía a un universo mucho más grande del que yo apenas alcanzaba a ver un fragmento.

Leí las cartas de los lectores, miré los dibujos que enviaban otros muchachos. Regresé a los créditos. Había algo en esas páginas que seguía llamándome la atención, aunque todavía no sabía ponerlo en palabras.

Los personajes hablaban con expresiones que yo escuchaba todos los días. Las respuestas a las cartas tenían un humor que me resultaba familiar. Poco a poco empecé a sentir que aquellas páginas venían de un lugar menos lejano que los héroes de Marvel o Conan.

Esa noche guardé los dos ejemplares de Karmatrón junto con mis otros cómics.

No estaba pensando en los personajes.

Estaba pensando en las personas que los habían inventado.

Hasta ese momento, todos los autores que leía parecían vivir muy lejos: Estados Unidos, Europa o Japón. Nunca me había detenido a pensar que alguien nacido en México pudiera dedicarse profesionalmente a hacer historietas.

Durante varios días seguí regresando a esos dos ejemplares. Ya no buscaba entender la historia. Buscaba entender a quienes la habían hecho. Hoy bastaría escribir un nombre en un buscador. En aquel entonces tenía que encontrar otra manera.

El problema era que no sabía cuál.

III. La guía.

Tenía quince años cuando entré a la Preparatoria 4 de la UNAM.

Todavía estaba lejos de elegir una carrera, pero para mí aquel lugar representaba algo importante. Desde niño había querido estudiar en la UNAM. No sabía exactamente qué quería hacer con mi vida, pero sí imaginaba que ése era el siguiente paso.

Entrar no había sido sencillo. Miles de jóvenes presentábamos el mismo examen para conseguir un lugar. En mi casa nadie lo daba por hecho. Mis papás celebraban mi entusiasmo, pero también sabían que el resultado no dependía únicamente de las ganas.

El día que aparecieron las listas y resulté selecciondado sentí una mezcla de alivio y emoción. Mis papás estaban tan contentos como yo. Tal vez más. La universidad, que durante años había sido una idea lejana, de pronto parecía un camino posible.

Unos días después, al terminar de comer, mi papá dejó un libro sobre la mesa.

Era la guía de carreras de la UNAM.

Gruesa como una biblia, tenía una portada azul marino con el escudo de la universidad en amarillo y el título en color magenta. Me parecía una portada en verdad espantosa.

Nunca le pregunté dónde la consiguió. Tampoco recuerdo qué dijo al entregármela. Lo que sí recuerdo es la sensación de abrirla por primera vez.

Ahí estaban reunidas todas las facultades, todos los planes de estudio y todas las profesiones que, según yo, existían. Empecé a recorrer sus páginas con calma, carrera por carrera, facultad por facultad. No buscaba la mejor opción. Buscaba un lugar donde pudiera imaginarme viviendo.

Desde hacía tiempo repetía una frase que a mis papás seguramente les sonaba ingenua:

—Quiero que cada día sea diferente a los demás.

No sabía cómo se llamaba una vida así. Sólo sabía que no quería pasar mis días haciendo exactamente lo mismo, sentado en una oficina esperando que llegara el viernes.

Durante varios días recorrí aquella guía una y otra vez. Descubrí profesiones de las que nunca había oído hablar. Otras me parecieron fascinantes. Algunas las descarté casi de inmediato.

Pero, conforme avanzaba, empezó a crecer una incomodidad difícil de explicar.

Había algo que no encontraba.

Cerré el libro.

Al día siguiente volví a abrirlo. Pensé que la carrera que buscaba simplemente se me había pasado. Empecé otra vez desde el principio. Recuerdo perfectamente que Actuaría era la primera carrera. Estaban ordenadas alfabéticamente.

Quizá había leído demasiado rápido. Quizá la profesión que buscaba tenía otro nombre. Después de todo, acababa de descubrir carreras de las que jamás había oído hablar.

Cada vez que encontraba una licenciatura relacionada con dibujar, diseñar o contar historias, me detenía un poco más. Leía el plan de estudios. Imaginaba las clases. Trataba de adivinar cómo sería la vida de alguien que estudiaba ahí.

Pero ninguna hablaba de hacer historietas, ninguna mencionaba la narrativa gráfica. Ninguna prometía enseñar a escribir y dibujar cómics.

Lo desconcertante era que, para entonces, yo ya sabía que esa profesión existía. Alguien hacía Batman, alguien dibujaba Conan. Alguien realizaba las historietas de Novdedades Editores o de Editorial Vid que yo compraba cada semana.

No eran personajes imaginarios. Eran trabajos reales. Había personas que vivían de hacer eso.

Volví a recorrer la guía. Poco a poco fui descartando opciones, no porque hubiera encontrado una respuesta, sino porque algunas parecían acercarse, aunque fuera de manera tangencial, a lo que yo buscaba: Diseño Gráfico, Artes Visuales, Comunicación Gráfica.

Entonces, ¿dónde habían aprendido?

La pregunta empezó a acompañarme durante semanas.

No era una preocupación urgente. Seguía asistiendo a clases, haciendo tareas, saliendo con mis amigos y comprando cómics cuando el dinero alcanzaba.

La vida seguía.

Pero, de vez en cuando, la guía volvía a la mesa, la abría otra vez, buscaba con menos esperanza y con más curiosidad. Había carreras para construir edificios, para diseñar automóviles, para curar enfermedades, para estudiar el espacio, para enseñar, para investigar. Parecía haber una profesión para casi cualquier cosa, menos para hacer cómics.

Con el tiempo dejé de buscarla.

No porque hubiera encontrado la respuesta, simplemente acepté que, si existía, no estaba en ese libro.

Y esa idea, lejos de desanimarme, produjo un efecto extraño.

Por primera vez empecé a sospechar que algunas vidas no cabían por completo dentro de un plan de estudios.

III. Papel china amarillo.

Los lunes eran especiales. Mis clases terminaban temprano y, cuando tenía algo de dinero en la bolsa, hacía una parada obligada en una tienda de cómics llamada Cómics S.A., con el tiempo aquella visita se convirtió en un pequeño ritual. Llegaba, revisaba las novedades y, si la suerte ayudaba, salía con algún ejemplar bajo el brazo.

Una tarde llegué antes de que abrieran. Me senté en la banqueta a esperar. Saqué mi cuaderno y empecé a dibujar.

No recuerdo qué estaba haciendo aquella vez. Quizá algún personaje inventado o una página de práctica. Lo único que recuerdo con claridad es que estaba tan concentrado que no noté cuándo llegaron otras dos personas a esperar la apertura de la tienda.

Conversaban de cómics como si se conocieran desde hacía años, hablaban de autores, editoriales y series que yo apenas comenzaba a descubrir.

Después de un rato uno de ellos se despidió. El otro permaneció ahí y durante algunos minutos siguió mirando cómo dibujaba, hasta que finalmente se acercó.

—¿Puedo ver tu cuaderno?

Sentí esa mezcla de orgullo y vergüenza que aparece cuando alguien pide ver algo que uno todavía no sabe si vale la pena mostrar.

Se lo entregué. Fue pasando las hojas despacio. De vez en cuando sonreía. En otras hacía un gesto como si intentara entender qué buscaba resolver en determinado dibujo.

Después levantó la vista.

—¿Conoces a Óscar González Loyo?

Negué con la cabeza.

—¿Y Karmatrón?

Recordé el 2×1.

—Tengo un par de números.

Sonrió.

Entonces me habló de una tienda en Ciudad Satélite donde, los fines de semana, Óscar González Loyo, el autor de Karmatrón, revisaba gratuitamente los dibujos de cualquiera que quisiera aprender.

No hizo un gran discurso, no intentó convencerme. Lo contó con la naturalidad con la que alguien recomienda una buena librería.

—Si quieres, vamos este sábado.

Acepté de inmediato, no porque creyera que ahí encontraría todas las respuestas. Acepté porque, por primera vez desde aquella tarde en que compré aquellos dos ejemplares de Karmatrón, aparecía una posibilidad concreta de conocer a una de esas personas que hasta entonces sólo existían en los créditos de los cómics.

La tienda se llamaba Ka-boom.

Estaba detrás de Plaza Satélite, lo primero que recuerdo no son los estantes, ni los pósters, lo primero que recuerdo fue el ambiente.

Frente al local había varias mesas ocupadas por jóvenes que dibujaban mientras conversaban, algunos trabajaban en silencio, otros discutían sobre anatomía, tinta o el cómic que acababan de leer. Del techo colgaba un televisor que reproducía capítulos de Los Simpson. A veces aparecía también Spider-Man: The Animated Series. Nadie parecía prestarle demasiada atención, era parte del lugar.

Hasta entonces dibujar había sido una actividad profundamente solitaria, yo conocía personas que leían cómics, conocía personas que dibujaba, pero nunca había visto reunidas tantas cuya vida pareciera girar alrededor de esas dos cosas.

Aquello me produjo una sensación difícil de explicar. Por primera vez tuve la impresión de que no era el único.

Mientras intentaba absorber todo lo que veía, esperé junto a un pequeño privado con paredes de cristal y adentro había un restirador. Un hombre revisaba cuidadosamente los dibujos de varios muchacho, los observaba cada hoja con calma, corregía alguna línea, hacía una anotación y pasaba a la siguiente.

Era Óscar González Loyo.

Esperé mi turno.

Cuando terminó con el último joven, me saludó con amabilidad y enseguida me pidió que le mostrara mis dibujos, tomó el cuaderno sin prisas, revisó la primera página, luego la segunda. Óscar observaba, nada más.

Hoy todavía conservo aquellos dibujos, cuando vuelvo a mirarlos encuentro errores por todas partes, proporciones inseguras, poses rígidas, anatomías imposibles.

Pero Óscar nunca hizo que aquello pareciera un problema, me recomendó algunos ejercicios de caligrafía para soltar la mano y cuando terminó hizo algo que entonces no comprendí.

Llamó a su padre.

—Él puede ayudarte más.

Así conocí a don Óscar González Guerrero.

Yo no sabía quién era. Años después entendería que estaba frente a una de las figuras fundamentales de la historieta mexicana, en ese momento sólo era un hombre amable que comenzó a revisar mis dibujos, tomó una hoja de papel china amarilla, la colocó sobre uno de ellos y con apenas unos cuantos trazos corrigió una figura. Luego otra. Después otra más.

Era sorprendente.

Con unas cuantas líneas conseguía que dibujos con los que yo llevaba días peleando empezaran a cobrar vida.

Todavía conservo aquellas hojas. No sólo porque contienen las correcciones de un gran historietista. Las conservo porque representan la primera vez que alguien dedicó tiempo a enseñarme sin esperar absolutamente nada a cambio.

Don Óscar nunca intentó impresionarme con todo lo que sabía, nunca hizo sentir ridículos mis dibujos simplemente revisó cada página con paciencia, me señaló algunos errores y me explicó en qué debía concentrarme antes de intentar cosas más complejas.

Salí de Ka-boom con el mismo cuaderno con el que había llegado, pero yo ya no era el mismo dibujante. No porque hubiera aprendido a dibujar en una sola tarde, sino porque, por primera vez, alguien que sabía muchísimo más que yo había decidido tomarse en serio mis primeros intentos.

Muy pronto empecé a esperar los sábados con verdadera emoción, ya no iba solamente a mostrar mis dibujos, iba a aprender. Y ahí comprendí algo que cambiaría para siempre mi manera de entender el dibujo.

Hasta entonces pensaba que un buen dibujante era alguien que simplemente nacía sabiendo.

Ahí empecé a sospechar algo distinto, los grandes dibujantes no eran personas que cometían menos errores, eran aprendido a reconocerlos antes. La diferencia era enorme. Porque significaba que equivocarse no era una señal para abandonar el dibujo. Era parte del oficio.

IV. La brújula.

Con el tiempo sentí que había llegado hasta donde podía aprender en Ka-boom, no porque ya lo supiera todo, simplemente había dejado de notar el mismo avance.

Decidí seguir buscando. Nunca vi esa decisión como una ruptura.

Hoy pienso que un buen maestro no es aquel con quien permaneces toda la vida, es quien te deja listo para aprender en otro lugar.

Sin saberlo, estaba sustituyendo un mapa por una brújula, la guía de carreras intentaba decirme hacia dónde ir. Las personas que iba encontrando me estaban enseñando cómo caminar.

Cada autor llegaba por un camino distinto, algunos habían estudiado arte, otros diseño, otros nunca habían pasado por una universidad, pero todos compartían algo: Habían dedicado miles de horas a aprender un oficio.

Esa idea empezó a perseguirme. Si no existía una carrera para hacer cómics, quizá estaba haciendo la pregunta equivocada.

Todavía no sabía poner esa intuición en palabras. Simplemente seguí observando.

En 1996 mis papás decidieron comprar una computadora para la casa y le pidieron a un amigo de uno de mis primos que la armara. Se llamaba Alex y realmente sabía de computadoras.

Hoy cuesta trabajo explicar lo que significaba tener una computadora en aquellos años, no era un objeto cotidiano, mucho menos en una familia que simplemente buscaba darle a su hijo una herramienta para estudiar.

Alex la armó pieza por pieza, instaló Windows 95 y también varios programas de diseño. Yo todavía no lo sabía, pero esa computadora terminaría acompañándome durante buena parte de mi juventud. Todavía faltaban años para entrar a la universidad y muchos más para publicar mi primera novela gráfica, sin embargo, ya estaba aprendiendo una herramienta que terminaría formando parte de mi oficio. La computadora quedó instalada en un rincón de la sala.

Al verano siguiente empecé a ayudar en el pequeño negocio de rótulos de un tío. No recibía un sueldo, iba a aprender. Ahí conocí a Beto, era el diseñador y además de explicarme lo que ahí hacían me enseñó a usar CorelDRAW, pero, sobre todo, me enseñó algo mucho más importante: que el diseño servía para resolver problemas de personas reales.

Había clientes y había fechas de entrega, había archivos que debían imprimirse correctamente y había que cobrar por el trabajo.

Alguna vez, Beto y yo  escaneamos uno de mis dibujos e intentamos colorearlo como los cómics que yo leía, no lo logramos, pero tampoco dejamos de intentarlo.

Ese verano tomé una decisión, si no existía una carrera especializada en hacer cómics, estudiaría una que, al menos, se acercara a ese mundo. Elegiría Diseño Gráfico, o algo así.

Tiempo después Alex volvió a casa para actualizar la computadora y mientras instalaba un escáner me dijo:

—Tengo un primo al que le gustan casi las mismas cosas que a ti. Te lo voy a presentar.

Así conocí a Ulises Rivera Romo, vivía a unas cuantas cuadras de mi casa.

Las amistades importantes casi nunca empiezan de manera espectacular, simplemente comienzan.

Alex tenía algo de razón, no nos gustaban exactamente las mismas cosas, pero compartíamos interés por los cómics, el dibujo, el diseño, los libros, la música, las películas y pasábamos horas compartiendo lecturas, discos y autores. Todavía hoy, cada vez que platico con Ulises, termino aprendiendo algo nuevo.

Pero entonces ninguno de los dos imaginaba que él terminaría mostrándome uno de los lugares más importantes de mi formación.

Ulises comenzó a estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana, la UAM, mientras yo seguía en la Preparatoria 4, y un buen día me invitó a acompañarlo para que conociera el plantel Azcapotzalco y acepté sin pensarlo demasiado.

Recuerdo perfectamente la primera vez que crucé la entrada del edificio L, había estudiantes caminando con enormes portafolios, carteles pegados en los muros, maquetas, fotografías, carteles y todo parecía estar ocurriendo al mismo tiempo.

Ulises me llevó a varias de sus clases, nos sentábamos al fondo procurando pasar desapercibidos y aunque muchas veces no entendía todo lo que los profesores explicaban, siempre salía con la sensación de haber descubierto un mundo nuevo. Hasta entonces había imaginado la universidad como el lugar donde uno aprendía una profesión. Aquellas visitas empezaron a hacerme pensar otra cosa.

Tal vez la universidad era el lugar donde uno aprendía una forma distinta de mirar y esa idea me entusiasmó tanto como los propios cómics.

Porque, por primera vez, sentía que estaba en un sitio donde hacer imágenes también era una manera de pensar. No sabía si terminaría estudiando ahí, pero cada vez que regresaba a casa me sorprendía imaginando cómo sería volver al día siguiente.

Las visitas comenzaron a repetirse, y la universidad y los cómics dejaron de parecer caminos distintos, empezaban a encontrarse.

Cuando finalmente llegó el momento de elegir universidad, ya había tomado una decisión.

Quería estudiar Diseño de la Comunicación Gráfica en la UAM Azcapotzalco.

Toda la vida había soñado con estudiar en la UNAM, tenía pase directo por haber cursado la Preparatoria 4 y aún así no hice ese trámite, hecho que en su momento dejó desconcertados a mis padres.

Así que presenté  el examen de admisión para la UAM.

Días después fui muy temprano al puesto de periódicos para consultar los resultados y ahí estaba mi folio. Había sido aceptado, sentí que una puerta acababa de abrirse.

V. Digna, libre y soberana.

Entré convencido de que ahí aprendería todo lo necesario para convertirme en historietista, la realidad resultó mucho más interesante, ya que durante los primeros trimestres confirmé algo que ya intuía, que la universidad no estaba interesada en formar autores de cómic. Su propósito era formar diseñadores.

Y, sin embargo, conforme avanzaba mi formación seguían apareciendo preguntas que nadie parecía responder. ¿Cómo se escribe una buena historieta? ¿Cómo se construye una escena que obligue al lector a pasar la página? ¿Cómo se sostiene una historia durante doscientas páginas? ¿Cómo se termina un libro sin abandonarlo a la mitad?

Ésas seguían siendo preguntas sin profesor.

Mientras estudiaba en la universidad también pasaba muchas horas conectado a un foro de Internet llamado Monos y Moneros. Era finales de los años noventa y me conectaba a Internet con un escandaloso modem de 28 kbps usando la computadora que me había armado Alex.

Uno de los participantes más activos era Edgar Clement, yo todavía no conocía su obra ni mucho menos imaginaba que años después trabajaríamos juntos. Sabía que Edgar era autor y que tenía una novela gráfica llamada Operación Bolívar, yo lo conocía únicamente por lo que escribía en el foro. Ahí mantenía un espacio llamado El Monólogo del Gorila, un thread de reflexiones sobre historieta, narrativa, dirección de arte, ilustración y el oficio de contar historias.

Leí aquellos textos una y otra vez y me sorprendía la claridad con la que Edgar estructuraba sus pensamientos y los traducía en palabras. Todavía hoy pienso que esos textos deberían convertirse en un libro, sigo pidiéndole que recopilemos El Monólogo del Gorila y que lo publiquemos en la Pura Pinche Fortaleza Cómics, a ver si un día lo convenzo.

Nunca tomé una clase con Edgar, nunca corrigió mis dibujos, nunca dibujó encima de mis errores, como había hecho años antes don Óscar y, sin embargo, también fue uno de mis maestros porque los maestros no siempre aparecen frente a un pizarrón, a veces escriben un ensayo, publican un libro, dan una conferencia o simplemente hacen una pregunta que permanece contigo durante años.

En la UAM no todo fue entusiasmo.

Durante el primer año compartí varias materias con estudiantes de Arquitectura y Diseño Industrial, una de ellas se llamaba Técnicas de Expresión II. El profesor era conocido por todos como Miyagui, así como el de la película Karate Kid de los años 80.

Era un profesor exigente, duro, quizá demasiado para algunos. Recuerdo particularmente aquella materia por dos razones.

La primera fue que ahí conocí a Tebin, desde entonces era evidente que tenía un talento extraordinario para dibujar. Siempre he pensado que existen dos clases de dibujantes, los que nacen con un talento excepcional y quienes lo construyen con una enorme terquedad. Yo siempre he pertenecido al segundo grupo.

La segunda razón ocurrió durante una revisión de trabajos. Esperábamos nuestro turno mientras Miyagui recorría el salón revisándonos uno por uno, carpeta por carpeta.

Cuando llegó a mi lugar comenzó a pasar mis dibujos en silencio, observó una página, luego otra. Finalmente cerró la carpeta y me miró.

Y dijo algo que no he olvidado en casi treinta años.

—Creo que deberías pensar en dedicarte a otra cosa.

No recuerdo las palabras exactas. La memoria nunca conserva los diálogos completos. Pero sí recuerdo con absoluta claridad la idea.

—Todavía eres joven. Puedes encontrar otro camino.

En ese momento dolió.

Mucho.

Porque cuando uno tiene veinte años espera escuchar que, con un poco más de esfuerzo, todo saldrá bien. No espera que un profesor te sugiera abandonar el sueño que llevas persiguiendo desde niño.

Con los años descubrí algo curioso: Miyagui tenía razón.

Y también estaba equivocado.

Tenía razón porque mis dibujos eran malos, cuando hoy vuelvo a verlos encuentro exactamente los problemas que él señalaba, anatomías inseguras, perspectivas inconsistentes, composiciones torpes y una pésima técnica. Todavía me faltaba muchísimo por aprender.

Pero también se equivocaba. Confundió un momento con un destino. No podía saber cuántas horas de trabajo vendrían después ni cuántas veces volvería a empezar ni cuántos dibujos más haría.

Yo tampoco podía saberlo, así que hice lo único que estaba en mis manos: seguí dibujando, no para demostrarle que estaba equivocado, ni para demostrarme algo a mí mismo. Seguí dibujando porque era la única vida que quería intentar.

A la par de la universidad, por las tardes  seguía haciendo trabajos de diseño con clientes locales, mis primeros ingresos llegaron haciendo tarjetas de presentación y pequeños logotipos para negocios locales, no era el trabajo con el que soñaba, pero hoy entiendo que fue una escuela extraordinaria.

Aprendí que una buena idea también debía convertirse en un archivo; que un archivo debía imprimirse bien y, sobre todo, que un cliente no compra horas de trabajo: compra una solución. Un diseñador no hace dibujos bonitos; resuelve problemas.

La universidad amplió todavía más esa manera de entender el diseño. El plan de estudios me permitió asomarme a disciplinas que hasta entonces ni siquiera imaginaba. Llegué a la UAM convencido de que ahí encontraría respuestas para las preguntas que llevaba años haciéndome sobre los cómics. En cambio, encontré muchas preguntas nuevas.

En Fotografía, con Norma Patiño, descubrí el lenguaje de la luz y el contraste. Con Laura León me enamoré del Diseño Editorial, una disciplina que sigue apasionándome hasta el día de hoy. César Martínez Silva me mostró la semiótica como una herramienta para pensar las imágenes más allá de su apariencia. Verónica Arroyo me enseñó algo igual de importante que cualquier teoría: cómo cobrar mi trabajo, cómo elaborar una cotización y cómo valorar mi tiempo. Muchas de las herramientas que utilizo hoy las aprendí en su clase. Finalmente, con Mauricio Guerrero Alarcón aprendí a desarrollar proyectos de largo aliento siguiendo una metodología clara, una forma de trabajar que todavía acompaña muchos de mis proyectos.

Cada trimestre descubría una manera distinta de mirar el mundo. Y entonces ocurrió algo que nunca habría imaginado. Hubo momentos en los que pensé seriamente en abandonar la idea de dedicarme a los cómics, no porque hubiera dejado de amarlos, sino porque el diseño era muchísimo más grande de lo que había imaginado.

Por primera vez comprendí que hacer cómics era sólo una de las muchas formas posibles de resolver problemas a través de las imágenes.

Comprendí que una imagen nunca existe sola. Siempre forma parte de un sistema, hoy me doy cuenta de que aquéllos no fueron desvíos. Fueron parte del camino. Durante mucho tiempo pensé que me estaba alejando del cómic, la realidad era exactamente la contraria, estaba reuniendo herramientas que años después terminarían encontrándose dentro de una misma página.

Un sábado del año 2001 pude conocer a Edgar Clement y a Ricardo Peláez Goycochea, dos talentosos autores que formaban parte de El Taller del Perro, un colectivo de ilustradores e historietistas que trabajaban juntos realizando proyectos comerciales y que a la par, publicaban sus propios cómics, historietas de autor. En esa visita, los entrevisté y los grabé con el pretexto de un trabajo escolar que tenía que realizar y no quise perder la oportunidad de conocerlos en persona.

Me contaron a grandes rasgos sobre su vida, su trayectoria individual, los cómics, los proyectos en puerta y, sobre todo, cómo habían creado El Taller del Perro. Eso último me llamaba mucho la atención, era una idea que me pareció tan innovadora como profundamente fascinante y que, desde entonces, sembró una semilla que tardaría en germinar unos años más, la de autopublicarme.

Esa tarde platiqué con ellos por separado y aprendí muchísimo, se nos fue la tarde. Al final del día, a Edgar le compré su novela gráfica, la mítica Operación Bolívar, y la leí en el transporte público cuando iba de regreso a casa. La obra me voló la cabeza, era tan extraña como fascinante que me hizo reflexionar sobre el camino que un autor como Edgar había conquistado en un entorno hostil en el que una obra como Operación Bolívar no debería existir y sin embargo, ahí estaba, la tenía en mis manos. Esa obra no pudo nacer de otra forma.

La edición 2022 de Operación Bolívar publicada por Pura Pinche Fortaleza Cómics

Seguí haciendo trabajos de diseño como freelance. Me iba muy bien y además me enfoqué de lleno en hacer formalmente mis primeros cómics cortos. Ya no como ejercicios de universidad sino ya con la mirada de autor. Muchos de esos primeros cómics se encuentran recopilados en la antología Forjador que publiqué tiempo después, en 2019.

Ecos secuenciales: Forjador. (2019)

Conforme avanzaba la carrera empecé a comprender algo que nadie me había dicho cuando era niño, aprender a dibujar era sólo una parte del camino, la otra consistía en encontrar personas con quienes crecer. Logré acercarme a varias revistas, me entrevisté con editores, directores de arte, diseñadores y así conseguí que publicaran mis primeras ilustraciones.

VI. Nunca acaba.

A mediados del año 2002 me gradué y pensé que, por fin, había terminado de estudiar. No duró mucho esa ilusión.

Uno de los días en que visité la UAM para seguir con mis trámites de titulación me encontré con Serafín Allendelagua, un compañero con el que en algún momento había tomado clases pero que en los últimos trimestres dejamos de coincidir. Ambos éramos muy amigos de Tebin.

¿Te vas a inscribir en el diplomado de ilustración de Jaime Vielma? En un par de semanas va a iniciar uno nuevo.

Jaime daba clases en la UAM, y aunque nunca había estudiado con él como maestro conocía el impacto que había causado en mis otros compañeros, incluído Tebin, por su talento y metodología. Era talentoso y salvaje.

Serafín me explicó que el diplomado duraba un año y que se especializaba en ilustración alternativa. No tuvo que ejercer mucha presión para convencerme, y eventualmente nos inscribimos juntos. El diplomado era en otra escuela, así que a partir de entonces, una vez por semana me reunía en la UAM con Serafín e iniciamos el largo trayecto hacia el diplomado, nos hicimos muy buenos amigos en esa época. Nos gustaba dibujar, queríamos aprender más sobre ilustración y amábamos los cómics.

Durante el curso aprendí muchas cosas, Jaime tenía una visión muy diferente, muy punk sobre la ilustración, además, para Jaime la expresividad era tanto o más importante que la técnica, y que la técnica debería ser una respuesta al discurso del ilustrador. Ello contrastaba mucho con todo lo que había aprendido antes. Recuerdo que en Monos y Moneros, Edgar Clement decía:

“… el papel de un ilustrador consiste en vertir luz sobre la oscuridad de un texto…”

Con Jaime entendí que el papel del ilustrador también podía ser el de completar, confrontar, o incluso desafiar el texto que debe ilustrar. A mí eso me parecía que moldeaba el perfil del ilustrador, no solamente ponía sus dibujos al servicio de un texto, decía algo. Era una visión no solamente mucho más artística, sino muy autoral.

Con Serafín la amistad se consolidó en esa época, compartimos ideas y sueños en torno a la historieta, en torno a la ilustración, mientras pasábamos horas en el tránsito. Queríamos hacer cómics y el diplomado de Jaime nos voló la cabeza. Durante todo ese año visité la UAM todo el tiempo ya que era nuestro punto de reunión. Me gustaba mucho sentirme parte de la universidad, ahora como egresado.

Un día mientras caminaba por la escuela, llevaba conmigo una carpeta muy distinta. Durante ese tiempo había trabajado como ilustrador profesional y reunido una selección de proyectos que, para mí, representaban lo mejor que podía hacer en ese momento.

Me encontré a Miyagui, casi por accidente en la entrada del edificio “L”, lo saludé y la verdad es que no me reconoció. No lo culpo. En la UAM desfilan decenas de estudiantes por sus pasillos, muchos alumnos abandonan, pocos se gradúan, muchos menos se titulan y solo un puñado ejercen, sin embargo, quise aprovechar el momento para enseñarle mi trabajo.

Revisó la carpeta con la misma calma con la que años atrás revisó los ejercicios de su clase, página por página. Cuando terminó me felicitó. Me sentí triunfador.

Y entonces, justo cuando pensé que aquella conversación había terminado, señaló otra cosa.

—La carpeta está mal presentada. Debes mejorar la composición de las ilustraciones en las hojas en blanco. Dale espacio a tu trabajo. Que respire, Que luzca lo que ya hiciste.

Sonreí.

Porque entendí que seguía siendo mi profesor. Ya no estaba corrigiendo mis dibujos o la técnica. Estaba corrigiendo la manera en que los mostraba. Con los años he pensado muchas veces en aquella conversación. Nunca la recuerdo como una derrota. Tampoco como una revancha.

La recuerdo como una de las lecciones más importantes que recibí en la universidad. Los buenos maestros no están para proteger nuestras ilusiones. Están para señalar aquello que todavía no vemos.

A veces se equivocan. Como todos. Pero incluso cuando se equivocan pueden obligarnos a hacernos una pregunta decisiva.

¿Qué vas a hacer ahora?

Ésa fue, en realidad, la pregunta que Miyagui dejó sobre mi mesa aquel día. Y la única respuesta posible no estaba en discutir con él.

Estaba en volver al restirador al día siguiente.

Poco tiempo después en la UAM se celebró la “Semana D”, un encuentro donde exalumnos y profesionales compartían su experiencia con los estudiantes. Había conferencias, talleres y exposiciones.

Decidí participar y acompañado de Serafín asistí a algunas conferencias y tomé un taller impartido por César Evangelista, hoy conocido como Mr. Kone, quien también era egresado de la UAM y ejercía la carrera de diseño combinado con su carrera como ilustrador. Su taller no giraba en torno a las aptitudes y conocimientos para resolver problemas de diseño, sino a la actitud con la que los enfrentamos. Hicimos algunos ejercicios sencillos y a lo largo de la semana llevó a varios invitados para que nos compartieran su experiencia profesional.

Uno de ellos era Omar Mijangos, que en el bajo mundillo de la ilustración es conocido como el “1000 Changos”, él también era egresado de la UAM y para entonces ya tenía una basta carrera como diseñador e ilustrador, había recorrido el mundo editorial publicando en muchas revistas, un mundo al que yo apenas comenzaba a asomarme, por lo que escucharlo fue absolutamente inspirador. Sentí mucha energía, mucha adrenalina. Quería salir de ahí y devorar al mundo, de un solo  bocado y sin masticar.

El taller terminó, la Semana D concluyó y yo sentía que algo se había sacudido dentro de mi. Avancé dibujando mucho, seguía haciendo trabajos de diseño freelance, publicando ilustraciones aquí y allá. Tratando de tomar mi lugar en el mundo. Volví a saber de Omar casi un año después.

VII. This Monkey

En octubre de 2003 Tebin me llamó por teléfono y me comunicó con Omar, ellos trabajaban en el área de ilustración del periódico Reforma. Me contó que estaban buscando un diseñador, que supiera algo de ilustración para trabajar con él en Editorial Televisa y que tanto Tebin como César Evangelista me habían recomendado y me preguntó si estaba interesado.

Me sorprendió mucho la llamada, y me emocionó mucho, aunque no dejaba de preocuparme la idea de trabajar en una empresa como Editorial Televisa que ideológicamente no se alineaba con mi postura ante la vida. Antes de ello, ya había rechazado algunas buenas oportunidades en otras empresas justo por esa razón, sin embargo acepté porque se abría la puerta para trabajar con Omar Mijangos.

Estaban armando un nuevo proyecto, se trataba de una revista semanal infantil con un perfil mitad comercial y mitad cultural, una revista que necesitaría mucha ilustración, mucho diseño y muchos cómics. Sonaba increíble. Fueron 2 entrevistas, la primera fluyó bastante bien,les gustó mi carpeta de trabajo (que ya tenía los ajustes sugeridos por Miyagui), la segunda sería unos días después en las oficinas de la editorial ubicadas en Santa Fé.

En una nueva llamada telefónica Omar me dijo que no le fallara, y que me quería ver ahí. En esa llamada nos dimos cuenta que ambos vivíamos muy cerca, pero ambos MUY lejos de Santa Fé, porque absolutamente TODO está lejos de Santa Fé, así que ofreció pasar por mi y darme aventón hasta allá al día siguiente.

En su auto, sonaba una canción de The Pixies, era del álbum Doolittle.

-¡¿A poco te gustan los Pixies?! – le pregunté emocionado.

– ¿A poco no?

Y es que en esa época era bien raro encontrarte con alguien que le gustará una canción de The Pixies que no fuera Where Is My Mind, por lo que el resto del camino la conversación giró en torno a la música. No platicamos casi de diseño, ni de ilustración, al final eso dejó de importar. Quería trabajar con él, aunque fuera en Televisa, porque en ese proyecto, Omar sería mi jefe directo, él como Director de Arte, yo como diseñador y si ese soundtrack estaba musicalizado por The Pixies, nada podía salir mal.

Ese mismo mes nos integramos a un equipo de trabajo nuevo y empezamos a trabajar como locos para poder hacer semanalmente la revista que eventualmente se llamó Universo Big Bang. Trabajamos desde el nombre, las secciones y la identidad gráfica, siempre íbamos a contra reloj, hacer una revista semanal es una locura y así vivimos ese proceso, con adrenalina a tope, siempre resolviendo problemas.

Durante años había leído publicaciones hechas por profesionales, ahora me tocaba participar en una, no fue un momento mágico. Hubo fechas de entrega y correcciones, cambios de última hora, archivos que regresar, páginas que rediseñar. Aprendí que el trabajo profesional se parece mucho menos a la inspiración de lo que imaginaba cuando era adolescente.

Se parece más a cumplir, a resolver, a entregar y, curiosamente, esa realidad no destruyó mi entusiasmo, lo fortaleció. Porque descubrí que el oficio no estaba hecho únicamente de grandes ideas, también estaba construido con hábitos y con disciplina. Con la capacidad de volver a sentarse frente al restirador —o frente a la computadora— incluso los días en que la inspiración decidía no aparecer.

Omar fue mi maestro no porque me enseñara una técnica específica. Sino porque me enseñó a pensar el oficio desde otro lugar, yo lo veía desde el lado del artista, del autor. Omar me permitió mirar el otro extremo del proceso, la producción, la edición. Trabajamos juntos por dos años, eventualmente me moví a otra revista, pero en ese tiempo, aprendí mucho de él. Aún hoy sigo aprendiendo de él.

Si Jaime Vielma me enseñó a desatar al rabioso ilustrador que habitaba dentro de mi, Omar me enseñó a que mi trabajo pudiera contener y moldear esa rabia y furia en proyectos comerciales sin doblegar el espíritu.

Hay un momento en el que uno deja de buscar no solo a quienes saben hacer mejor las cosas, empieza a buscar a quienes hacen mejores preguntas.

Fue una enseñanza que se repetía con los años. Todo era cíclico

Durante años seguí trabajando como diseñador, ilustrador y director de arte, cada proyecto dejaba una enseñanza distinta, algunos salían bien, otros no tanto.

Poco a poco entendí algo que llevaba años buscando sin saberlo. No existe una carrera para aprender a hacer cómics. Existe una profesión. Y esa profesión se construye página por página.

VIII. La verdadera pregunta.

Mirando hacia atrás resulta tentador pensar que todo seguía un plan, no es verdad, la mayor parte del tiempo sólo intentaba resolver el siguiente problema.

Con los años entendí que hacer cómics nunca había consistido únicamente en dibujar, también significaba aprender a editar, imprimir, vender, promover, escuchar a los lectores y trabajar con otros autores. Aquella profesión que no aparecía en la guía de carreras sí existía. Simplemente estaba repartida entre muchos oficios distintos.

Entonces comprendí que la pregunta nunca fue:

¿Qué carrera debo estudiar para hacer cómics?

La verdadera pregunta era:

¿Qué necesito aprender para construir una vida haciendo cómics?

Si pudiera volver a hablar con aquel muchacho que dibujaba en los márgenes de los cuadernos, no le diría que todo saldrá bien, tampoco le diría que ignore a quienes dudaron de él. Le diría algo mucho más sencillo.

Empieza a hacerlo ya. Aunque te equivoques.

Porque ningún libro, ningún maestro, ninguna universidad y ninguna editorial pueden evitar los errores que forman un oficio. Los errores pueden hacernos tambalear, pero la decisión de levantarnos y seguir adelante es la que termina construyendo una carrera.

Pienso con frecuencia en todas las personas que aparecen en estas páginas: mis padres, Pablo, los dos Óscar, Alex, Beto, Ulises, Edgar, Tebin, Jaime, Omar Mijangos, Miyagui… Ninguno recorrió el camino por mí, pero todos dejaron una herramienta, una pregunta o una conversación que todavía sigue trabajando dentro de mí.

No existe un mapa capaz de llevarte exactamente hacia la vida que imaginas, pero sí puedes aprender a caminar y , una vez que empiezas, descubres que el camino también se construye con cada paso.

Tal vez ésa sea la única respuesta honesta a la pregunta con la que comienza este ensayo, no existe una carrera que pueda enseñarte, por sí sola, a hacer cómics, existe una vida entera de aprendizaje.

Y sospecho que las preguntas más importantes todavía no las encuentro, porque, si algo me enseñaron todos estos años, es que un autor no termina de formarse cuando publica su primer libro, ni cuando gana un premio, ni cuando logra vivir de su trabajo.

Un autor termina de formarse el día que deja de hacerse preguntas.

Y ése es un riesgo que espero no correr nunca.

Mi nombre es Héctor Santarriaga me dedico a escribir y dibujar cómics y estos fueron #Mis2Minutos.

 

 

 

Lecturas de Julio 2026

Lecturas de julio

Julio fue uno de esos meses en los que sentí que pude moverme con total libertad entre distintos géneros, formatos y épocas. Hubo manga, superhéroes, ciencia ficción, novela, cómic mexicano y varias relecturas que confirmaron por qué ocupan un lugar especial en mi biblioteca. También fue un mes de grandes descubrimientos nacionales y de seguir explorando autores que constantemente regresan a mis listas de lectura. Como suele suceder, algunas obras me atraparon por su historia, otras por su apartado gráfico y varias por ambas razones.

Este fue el recorrido de mis lecturas durante julio.

1. Evangelion Collector’s Edition No. 3, de Yoshiyuki Sadamoto

Cada nuevo volumen reafirma por qué disfruto tanto esta edición del manga. Aunque la historia parte del mismo universo que la serie animada, Sadamoto introduce matices y cambios que hacen que la experiencia se sienta distinta. Más que una simple adaptación, es una reinterpretación con identidad propia, y eso hace que siempre encuentre algo nuevo en cada capítulo.

2. Batman: Bride of the Demon, de Mike W. Barr y Tom Grindberg

Lo leí en formato digital y fue una lectura bastante disfrutable. El trabajo de Tom Grindberg me gustó mucho; tiene una narrativa clara y un estilo muy representativo del cómic estadounidense de finales de los ochenta e inicios de los noventa. Además, resulta interesante revisitar una historia que forma parte de la mitología de Ra’s al Ghul y Talia.

3. Cuatro Fantásticos vs. X-Men, de Chris Claremont y John Bogdanove

Una relectura muy especial. Conservo el ejemplar que compré alrededor de 1995, publicado por Editorial Vid, así que volver a él también fue un ejercicio de nostalgia. Más allá de la historia, sigo disfrutando muchísimo el trabajo de John Bogdanove, cuyo dibujo tiene una fuerza y expresividad que siempre me han parecido extraordinarias.

4. Planetaria, de Gerardo Sifuentes, con ilustraciones de Luis Sopelana

Una colección de microcuentos de ciencia ficción que demuestra que no hacen falta muchas páginas para construir buenas ideas. Gerardo Sifuentes consigue plantear conceptos muy interesantes en pocas líneas, mientras que las ilustraciones de Luis Sopelana complementan perfectamente el tono de la obra. Una lectura breve, pero muy disfrutable.

5. Green Lantern: Kyle Rayner Rising Compendium, de Ron Marz

Tenía muchas ganas de acercarme a esta etapa de Green Lantern. La historia comienza con Emerald Twilight, uno de los momentos más importantes en la historia moderna del personaje, y presenta a Kyle Rayner como el nuevo portador del anillo. Me gustó muchísimo recorrer esta etapa y entender por qué marcó a toda una generación de lectores. Totalmente recomendable.

6. Entropía Remix, de Iván Farías

Iván Farías sigue demostrando su enorme capacidad para jugar con distintos géneros e ideas. En esta obra vuelve a explorar temas que invitan a la reflexión, con una narrativa muy bien construida y personajes que logran mantenerse en la memoria después de terminar la lectura. Ivan es sin duda uno de mis escritores favoritos.

7. Las insólitas aventuras de Yoni Latorta, Libro 1: La Llorona y las primeras historias, de Luis Fernando

Uno de los grandes pendientes que tenía desde hace tiempo. Finalmente pude leer este clásico del cómic mexicano y entendí por qué tantos autores lo consideran una obra fundamental. Luis Fernando construye historias llenas de imaginación, humor y personalidad. Sin duda, una lectura imprescindible para conocer mejor la historieta mexicana.

8. Karen, Matrícula 56220, de Ricardo Zárate Flores

Me dio mucho gusto leer la nueva novela de mi buen amigo Ricardo Zárate. Es una historia juvenil que aborda temas importantes con sensibilidad y cercanía, logrando conectar con el lector sin perder dinamismo. Siempre es un gusto ver crecer el trabajo de colegas que admiro.

9. 20th Century Boys: The Perfect Edition, Vol. 3, de Naoki Urasawa

Cada volumen confirma el enorme talento narrativo de Urasawa. La historia continúa creciendo en complejidad y el misterio sigue desarrollándose de una manera magistral. Es una de esas series que hacen muy difícil detener la lectura.

10. Blue Demon Jr., de Oscar Amador y Rulo Valdés

Una nueva aproximación al mito de Blue Demon Jr. en formato de cómic. Me gustó ver cómo la obra recupera la tradición de la lucha libre mexicana y la adapta a una narrativa contemporánea, manteniendo vivo uno de los grandes íconos de la cultura popular nacional.

11. Nihil Negativum: Beyond Darkness, de Mario A. González

Una propuesta que apuesta por una atmósfera oscura y una narrativa que poco a poco va revelando sus piezas. Me pareció una lectura interesante que deja ver el potencial creativo de su autor.

12. X-Men: El origen de Apocalypse, de Terry Kavanagh y Adam Pollina

Siempre resulta interesante volver a los grandes villanos de Marvel y conocer con mayor profundidad sus orígenes. Adam Pollina realiza un trabajo gráfico muy característico de la época, con un estilo dinámico que complementa muy bien la historia.

13. Batman: The Cult, de Jim Starlin y Bernie Wrightson

Una de las historias más oscuras que se han escrito sobre Batman. Jim Starlin construye un relato intenso y perturbador, mientras que Bernie Wrightson entrega un trabajo gráfico espectacular. Una obra que sigue conservando toda su fuerza décadas después de su publicación.

14. Maggie the Mechanic, de Jaime Hernández

Una auténtica joya. Esta primera gran etapa de Locas, dentro del universo de Love & Rockets, confirma por qué Jaime Hernández es uno de los grandes narradores del cómic contemporáneo. Sus personajes se sienten profundamente humanos y cercanos, y su dibujo transmite una naturalidad extraordinaria.

15. Criminal, Vol. 1: Coward, de Ed Brubaker y Sean Phillips

Sigo explorando la extraordinaria colaboración entre Brubaker y Phillips. Coward es un magnífico ejemplo del mejor noir contemporáneo: personajes complejos, tensión constante y una narrativa impecable. Una lectura que atrapa desde las primeras páginas.

16. Karmatrón y los Transformables. Novela Gráfica, Tomo 2, de Óscar González Loyo

Continué mi recorrido por una de las obras más importantes del cómic mexicano. Siempre resulta interesante revisitar el universo que González Loyo construyó y apreciar la enorme influencia que tuvo sobre varias generaciones de lectores y autores. Me hubiera gustado que Karmatron hubiera seguido por este camino.

17. Octobriana 1976, de Jim Rugg

Jim Rugg vuelve a demostrar su enorme capacidad para reinterpretar la historia del cómic desde una perspectiva muy personal. Es un trabajo tan experimental como entretenido, lleno de referencias y decisiones visuales muy interesantes.

18. Wolverine: Enemigo Público, de Mark Millar y John Romita Jr.

Una de las etapas más espectaculares de Wolverine. Mark Millar construye una historia frenética, llena de acción y giros constantes, mientras que John Romita Jr. se encuentra aquí en uno de los mejores momentos de su carrera. Sigue siendo una lectura tremendamente entretenida.

19. Dibujando y Desvariando, de Julián Van Bores

Otro de los cómics mexicanos que tenía pendiente desde el año pasado. Me encontré con una obra fresca, divertida y muy auténtica. Julián Van Bores demuestra una voz propia y un gran sentido del humor, convirtiendo esta lectura en una de las sorpresas más agradables del mes.

20. Criminal, Vol. 2: Lawless, de Ed Brubaker y Sean Phillips

Si el primer volumen ya me había gustado mucho, Lawless terminó por convencerme de que Criminal es una de las mejores series de noir publicadas en las últimas décadas. Brubaker y Phillips alcanzan aquí un nivel narrativo extraordinario, construyendo personajes llenos de matices y una historia que resulta imposible soltar. Sin duda, uno de los mejores trabajos de esta dupla creativa.

Julio terminó siendo un mes lleno de muy buenas lecturas. Me dio gusto reencontrarme con clásicos que siguen funcionando igual de bien que hace años, descubrir nuevas propuestas mexicanas y continuar explorando series que cada vez me convencen más. Si tuviera que destacar una constante durante este mes, sería el enorme peso que tuvo la narrativa gráfica: obras que no solo cuentan grandes historias, sino que también recuerdan el poder que tiene el dibujo como herramienta para emocionar, sorprender y construir mundos memorables. Cada libro dejó algo distinto, y esa, al final, sigue siendo la mejor recompensa de leer.

Fuego Lento: la obra que me enseñó a mirar el cómic mexicano de otra manera

Durante más de veinte años busqué un libro que parecía haber desaparecido. Nunca imaginé que terminaría formando parte del equipo editorial que lo devolvería a los lectores. Esta no es solamente la historia de una reedición. Es la historia de cómo un libro puede cambiar la vida de un lector y por qué preservar la memoria del cómic mexicano también es una forma de construir su futuro.

La edición 2021 de Fuego Lento.

I. Un libro que tardó veinte años en llegar

Hay libros que llegan a nuestras manos el mismo día en que los descubrimos. Otros aparecen meses después, cuando por fin los encontramos en una librería o en el stand de una feria. Y luego está Fuego Lento. Un libro que tardó más de veinte años en llegar a mis manos.

Lo curioso es que, cuando por fin lo tuve frente a mí, ya no era solamente un lector. Era uno de los editores que ayudarían a devolverlo a las librerías.

Durante mucho tiempo pensé que esta historia trataba sobre la búsqueda de un libro. Hoy sé que trata sobre algo mucho más grande: la importancia de preservar la memoria del cómic mexicano. Porque algunos libros no sólo merecen ser leídos. También merecen volver a existir.

Para entender por qué, hay que regresar a una época en la que internet sonaba antes de conectarse.

II. Monos y Moneros

Era 1999.

Yo estudiaba Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana y pasaba buena parte de mis noches sentado frente a una vieja computadora conectada a un módem de 28 kbps. Quienes vivieron aquellos años recordarán el ritual: marcar por teléfono, escuchar aquella secuencia de ruidos metálicos y esperar varios segundos antes de que apareciera la pantalla de conexión.

No existían las redes sociales. No había Facebook, ni Twitter, ni YouTube. Si querías conversar con otros aficionados al cómic, había que encontrarlos en foros de discusión.

Uno de ellos se llamaba Monos y Moneros.

Visto desde hoy parecía una plataforma muy rudimentaria. En aquel entonces era una puerta abierta hacia un mundo que yo apenas comenzaba a descubrir. Ahí se hablaba de historieta mexicana, de autores independientes, de publicaciones que difícilmente podían encontrarse en una tienda y de proyectos que existían gracias al esfuerzo de quienes los hacían realidad.

Entre los participantes más activos estaba Edgar Clement. Yo no lo conocía personalmente, pero aprendí muy pronto a prestar atención a lo que escribía. Compartía recomendaciones, opiniones y noticias sobre una escena del cómic mexicano que para mí era prácticamente desconocida.

Fue ahí donde leí por primera vez el nombre de Fuego Lento.

No recuerdo quién lo mencionó exactamente ni las palabras que utilizó. Probablemente fue Edgar hablando de uno más de los libros editados por El Taller del Perro. En aquellos días prácticamente sólo existían dos títulos que aparecían una y otra vez en las conversaciones: Operación Bolívar y Fuego Lento.

No hubo un momento de revelación.

Simplemente pensé:

“Algún día tengo que conseguir ese libro.”

Sin saberlo, aquella conversación en internet acababa de poner el primer ladrillo de una historia que tardaría más de dos décadas en completarse.

III. La búsqueda

Durante los siguientes años pregunté por Fuego Lento cada vez que tenía oportunidad.

No era una obsesión diaria. Era algo distinto.

Todos los lectores construimos listas invisibles de libros que queremos encontrar algún día. Algunos aparecen pronto. Otros permanecen ahí durante años, esperando el momento adecuado.

Fuego Lento pertenecía a esa segunda categoría, pregunté primero en el mismo foro, después en tiendas de cómics de la Ciudad de México, más tarde en puestos de revistas y hasta en los locales de libros usados de la calle Donceles en el centro histórico de la ciudad de México, en cualquier lugar donde pensara que pudiera aparecer un ejemplar olvidado. Nunca lo encontré.

En una ocasión un conocido me mostró el suyo. Lo sostuvo entre las manos como quien enseña una pieza rara de colección. Le pregunté si estaría dispuesto a venderlo.

No, lo atesoraba demasiado. Entendí perfectamente su respuesta.

Con el paso de los años dejé de buscarlo de manera activa, no porque hubiera perdido el interés, sino porque terminé aceptando que probablemente nunca lo encontraría.

Hay libros que se agotan, hay libros que desaparecen, y luego están aquellos que parecen convertirse en leyenda. Para mí, Fuego Lento era uno de ellos.

Años después descubriría que, a veces, los libros encuentran su propio camino de regreso. Y cuando eso ocurre, ya no llegan solamente como objetos. Regresan convertidos en memoria.

IV. El Taller del Perro

En 2001 tuve la oportunidad de visitar por primera vez El Taller del Perro. No fui buscando Fuego Lento. O, al menos, no únicamente.

Era estudiante universitario y, junto con dos compañeras de la UAM, Alejandra Valdés y Dulce Castro, preparábamos una entrevista para una investigación escolar. La cita original era con Ricardo Peláez Goycochea, pero él llegaría más tarde. Mientras tanto, quien nos recibió fue Edgar Clement.

Recuerdo perfectamente aquella casa de la colonia Portales.

Entrabas por una puerta angosta que conducía a un pequeño pasillo. Después venía un patio y, al fondo, la casa. Era vieja, modesta y estaba llena de libreros, restiradores, escritorios y montones de libros en todas las habitaciones. Era un lugar donde daba la impresión de que las historietas nacían todos los días.

Mientras esperábamos la llegada de Ricardo, conversamos con Edgar sobre historieta mexicana, sobre su trabajo y sobre los libros que publicaban, el plan no era grabarlo y entrevistarlo, pero lo hicimos.

Aproveché para comprar un ejemplar de Operación Bolívar directamente con él.

Cuando Ricardo Peláez Goycochea finalmente llegó, la entrevista transcurrió como estaba prevista. Hablamos de su trabajo y de su manera de entender la historieta mientras pintaba con acuarela una ilustración para un cartel. Antes de despedirme, hice una pregunta que llevaba tiempo esperando formular.

—¿Todavía tienes ejemplares de Fuego Lento?

La respuesta fue sencilla.

—Ya no. Se agotó.

No hubo una explicación larga, no pregunté cuándo volvería a imprimirse, tampoco insistí. Si un libro ya no existía, simplemente había que aceptar la realidad.

Salí de aquella casa con un ejemplar de Operación Bolívar, un regalo inesperado de Ricardo —el último ejemplar de Sensacional de Chilangos, que tenía un defecto de encuadernación— y la certeza de que Fuego Lento seguía fuera de mi alcance.

Todavía no lo sabía, pero esa visita marcaría el principio de una relación que, muchos años después, terminaría cambiando el destino de aquel libro.

V. Veinte años

Con los años seguí leyendo a Ricardo Peláez Goycochea. Admiré su trabajo, vi cómo continuaba construyendo una de las trayectorias más sólidas del cómic mexicano y confirmé una impresión que nunca me abandonó: era uno de esos autores capaces de enseñar incluso cuando uno sólo los lee.

Siempre me he referido a él como el maestro Ricardo Peláez Goycochea. Nunca fui alumno suyo. Nunca tomé alguno de los talleres, cursos o diplomados que ha impartido durante tantos años, y, sin embargo, cada vez que estudio su trabajo siento que aprendo algo. Mucho tiempo después descubriría que Fuego Lento era quizá la mejor clase que podía recibir.

VI. Ciudad Juárez

En 2019 Logan Wayne y yo viajamos a Ciudad Juárez para participar en la FELIF, la Feria del Libro de la Frontera. Atendíamos nuestro stand como cualquier otro expositor cuando vimos acercarse a un visitante conocido.

Era Ricardo Peláez Goycochea.

Unos meses antes el Fondo de Cultura Económica había publicado El Complot Mongol y Ricardo se encontraba realizando actividades de promoción. En algún momento decidió recorrer la feria y visitar los stands de las editoriales.

Se acercó a saludarnos. Nos felicitó por el trabajo que estábamos haciendo.

Y entonces, casi como quien lanza una idea al aire, dijo una frase que cambió el rumbo de esta historia.

—A ver si publicamos Fuego Lento. ¿Les gustaría?

Lo dijo en plural.

No buscaba solamente una editorial que imprimiera su libro. Quería construir el proyecto junto con nosotros. Recuerdo perfectamente mi reacción. Si la decisión hubiera dependido únicamente de mí, habría respondido inmediatamente que sí.

Llevaba casi veinte años esperando ese libro.

Pero en Pura Pinche Fortaleza Cómics las decisiones editoriales nunca las toma una sola persona. Se construyen en consenso.

Le respondí que, personalmente, la idea me emocionaba muchísimo. Le confesé que llevaba dos décadas buscando un ejemplar sin éxito y que me parecía una oportunidad extraordinaria para devolver ese libro a los lectores.

Después vendrían las conversaciones editoriales.

Ricardo propuso que el proyecto se publicara con Pura Pinche Fortaleza Cómics. Conforme las conversaciones avanzaron, invitó también a Animal Gráfico, el sello editorial de Enrique Buenrostro, amigo suyo desde hacía muchos años. La colaboración surgió de manera natural: la Fortaleza aportaría su experiencia como proyecto editorial independiente y Animal Gráfico se sumaría como un aliado fundamental para hacer posible aquella nueva edición.

Vista desde hoy, aquella conversación duró apenas unos minutos.

Pero fue suficiente para cambiar el destino de un libro que muchos creíamos condenado al olvido.Y también cambió el nuestro, porque, sin saberlo, estábamos a punto de descubrir que reeditar un libro no consiste únicamente en volver a imprimirlo. A veces significa volver a pensarlo desde el principio.

VII. Reeditar también es volver a escribir

Cuando Ricardo Peláez Goycochea nos entregó los archivos de Fuego Lento, entendí que reeditar un libro no consiste en volver a imprimirlo. Consiste en volver a leerlo, y, a veces, en volver a discutirlo.

También ocurrió algo más, nos prestó su propio ejemplar de Fuego Lento para hacerle una revisión. Después de tanto tiempo pude tener de nuevo en mis manos un ejemplar del Fuego Lento original.

Revisamos los detalles del libro e incluso le hicimos un video para revisarlo página por página.

Desde el principio Ricardo quiso involucrarse activamente en todo el proceso. No llegó con la idea de entregar un archivo y esperar el resultado. Quería construir la nueva edición junto con nosotros.

Muy pronto comenzamos a reunir ideas para la portada.

Las conversaciones fueron creciendo de manera natural entre Ricardo, Logan Wayne, Tebin, Enrique Buenrostro y yo. Cada quien aportaba observaciones desde su experiencia como editor, diseñador o autor. Ninguna decisión se tomó a la ligera. Queríamos que aquella nueva edición respetara el espíritu del libro original, pero también que dialogara con lectores que, como yo veinte años atrás, apenas iban a descubrirlo.

Fue entonces cuando entendimos que no queríamos hacer un simple facsímil. Queríamos hacer la mejor edición posible de Fuego Lento. Ricardo aprovechó esa oportunidad para volver a recorrer su propia obra. Incorporó nuevas historietas que no formaban parte de la edición original y, al mismo tiempo, propuso una decisión que, al principio, nos sorprendió a todos.

Quería retirar Madre Santa.

Paradójicamente, era la historieta más conocida del libro.

Escrita por Erik Proaño “Frik” y dibujada por Ricardo Peláez Goycochea, con el paso de los años había adquirido vida propia, unos años antes Animal Gráfico había publicado una edición conmemorativa por su trigésimo aniversario.

La propuesta parecía arriesgada.

Quitar la historia más famosa de un libro suele ser exactamente lo contrario de lo que cualquier editor recomendaría. Pero mientras hablábamos de ello comprendimos que Ricardo no estaba pensando en conservar un objeto.

Estaba pensando en fortalecer un libro.

Madre Santa ya tenía un camino propio. Fuego Lento también merecía encontrar el suyo. Aceptamos el cambio y creo que fue la decisión correcta.

Aquella conversación me dejó una enseñanza que desde entonces no he olvidado. Reeditar un clásico no significa convertirlo en una pieza de museo. Significa preguntarse cuál es la mejor versión posible de esa obra para los lectores de hoy.

Hubo también pequeños ajustes invisibles para la mayoría de los lectores. Ricardo retocó algunos dibujos y corrigió textos digitalmente algunos textos que estaban escritos directamente sobre el arte original. Volvió a dibujar letras.

Revisó detalles que probablemente muy pocas personas notarían. Pero ésa es justamente la diferencia entre imprimir un libro y editarlo.

Ricardo firmando las pruebas de color de Fuego Lento 2021.

Los lectores quizá nunca vean ese trabajo, pero el libro sí lo recuerda.

VIII. Cuando el libro volvió a existir

Los paquetes llegaron a casa de Logan Wayne.

Como ocurría con cada tiraje nuevo, primero aparecieron las cajas. Después vino el ritual de siempre: abrirlas, revisar los acabados, comprobar la impresión y hojear los primeros ejemplares para asegurarnos de que todo hubiera salido como lo imaginábamos.

Sólo estábamos Logan y yo.

Habíamos esperado ese momento durante muchos meses. Abrimos los paquetes con la emoción de quien sabe que está sosteniendo algo irrepetible.

Pasé las páginas lentamente.

No pude evitar acordarme de aquel ejemplar original que Ricardo nos había prestado durante el proceso editorial.

Veinte años antes yo había recorrido media Ciudad de México intentando encontrar ese libro, ahora lo tenía entre las manos, y, de alguna manera, también formaba parte de él.

Al día siguiente llegó Ricardo Peláez Goycochea, habíamos organizado una jornada completa para firmar los ejemplares de la preventa y de la campaña de fondeo que hicimos en 2021.

Ricardo Peláez Goycochea con la nueva edición de Fuego Lento en 2021.

Tomó el libro entre las manos. Lo observó unos segundos sin decir nada. Pasó lentamente el pulgar sobre la portada y comenzó a hojearlo. Sonrió. No hizo falta preguntar qué estaba sintiendo.

Durante horas dedicó libro tras libro con una paciencia admirable.

Se notaba que le tenía un cariño muy especial a esa obra.

Lo observaba sonreír mientras firmaba ejemplares y pensaba que, después de tantos años, Fuego Lento por fin estaba encontrando nuevos lectores.

En ese momento entendí algo que hasta entonces no había alcanzado a dimensionar.

Nosotros no acabábamos de publicar un libro.

Acabábamos de devolver una parte de la historia del cómic mexicano a las manos de sus lectores, y, sin saberlo, ese proyecto también estaba definiendo el camino editorial de Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Porque después de Fuego Lento llegarían otros proyectos que compartían la misma convicción, como la edición definitiva de Operación Bolívar, más tarde Kerubim y Los Perros Salvajes de Edgar Clement, luego la trilogía El Sombra, de Edu Molina.

Poco a poco comprendimos que una editorial independiente no sólo puede descubrir nuevas voces.

También puede impedir que las voces fundamentales desaparezcan.

IX. El maestro Ricardo Peláez Goycochea

Cuando por fin pude leer Fuego Lento entendí por qué tantas personas hablaban de él como un libro fundamental para el cómic mexicano.

No porque contuviera una sola gran historia, sino porque reunía treinta y siete. Treinta y siete maneras distintas de mirar la ciudad, la vida cotidiana y las contradicciones de un país que cambiaba a una velocidad vertiginosa.

Cada historieta parecía pertenecer a un universo diferente. Ricardo Peláez Goycochea cambiaba de registro gráfico con una naturalidad sorprendente. Había páginas construidas con una economía de líneas admirable y otras donde cada viñeta estaba llena de detalles.

Algunas historias se resolvían en pocas páginas; otras se tomaban el tiempo necesario para desarrollar a sus personajes.Nada se repetía, y, sin embargo, todo conservaba una misma voz.

Con los años he vuelto muchas veces a ese libro, cada lectura me descubre algo distinto, una decisión de composición, una secuencia que antes había pasado por alto, un silencio, una forma de utilizar el blanco y negro, un ritmo narrativo.

Sigo aprendiendo.

Por eso siempre me he referido a Ricardo como el maestro Ricardo Peláez Goycochea, no porque haya tomado clases con él, sino porque algunos autores enseñan desde sus páginas.

Y ésa, quizá, sea la forma más difícil de enseñar.

X. La memoria también se edita

A veces pienso en aquel estudiante universitario que, sentado frente a una computadora conectada a un módem de 28 kbps, leyó por primera vez el nombre de Fuego Lento en un foro de internet.

Nunca imaginó que pasarían más de veinte años antes de tener ese libro entre las manos, mucho menos que terminaría formando parte del equipo editorial que lo devolvería a las librerías.

Durante mucho tiempo creí que esta historia hablaba de la paciencia de un lector, hoy entiendo que hablaba de otra cosa. Hablaba de la responsabilidad de un editor.

Con frecuencia pensamos que el trabajo editorial consiste en descubrir nuevas voces. Y es cierto. Pero también existe otra tarea igual de importante: impedir que las voces que ya transformaron nuestra manera de entender el cómic desaparezcan con el paso del tiempo.

Cada generación necesita encontrar sus propios libros, pero también necesita poder leer aquellos que marcaron el camino, ya que si esos libros dejan de circular, no sólo perdemos papel y tinta. Perdemos memoria y una comunidad sin memoria está condenada a empezar de cero una y otra vez.

Por eso creo que reeditar Fuego Lento fue mucho más que recuperar un título agotado.

Fue una manera de decir que la historia del cómic mexicano no pertenece únicamente al pasado, sigue escribiéndose cada vez que un lector abre por primera vez uno de esos libros.

Quizá ésa sea la verdadera razón por la que algunos libros merecen volver a existir, no porque sean piezas de colección, no porque alcancen precios absurdos en el mercado de segunda mano, sino porque todavía tienen algo que decir.

Y porque siempre habrá alguien que necesite encontrarlos, igual que yo los necesité hace más de veinte años.

Mi nombre es Héctor Santarriaga y estos fueron #MisDosMinutos.

Cronología de una búsqueda:

1999
Descubro la existencia de Fuego Lento en el foro Monos y Moneros.

2001
Visito por primera vez El Taller del Perro buscando un ejemplar.

2001–2019
Durante casi veinte años sigo preguntando por el libro en librerías, puestos de revistas y ferias del libro.

2019
En la Feria del Libro de la Frontera (FELIF), en Ciudad Juárez, Ricardo Peláez Goycochea propone reeditar Fuego Lento con Pura Pinche Fortaleza Cómics. Meses después, Animal Gráfico se suma al proyecto editorial.

2021
Se publica la nueva edición revisada y ampliada de Fuego Lento.

Portada de la edición 2021 de Fuego Lento.

Ficha técnica de la obra:

Título: Fuego Lento
Antología de historieta mexicana.
Autor: Ricardo Peláez Goycochea
Género:
Extensión: 144 páginas 16 páginas a color 128 en blanco y negro.
Tamaño: 20 x 23 cm.
Acabados: Forros a color con laminado mate y barniz a registro.
Fecha de publicación: Abril de 2021.
Editado por: Pura Pinche Fortaleza Cómics y Animal Gráfico.
Sinopsis: Fuego Lento es una recopilación de 37 historietas realizadas por el maestro Ricardo Peláez Goycochea. Fuego Lento es una obra fundamental de la narrativa gráfica. mexicana y piedra angular de la historieta independiente.
En Pura Pinche Fortaleza Cómics consideramos muy importante rescatar este legado para ponerlo a disposición de los nuevos lectores para que quede constancia de la calidad de cómic independiente que se hacía a finales del siglo 20 en México. En esta nueva edición logramos consolidar la mayor parte del trabajo historietístico de Ricardo Peláez Goycochea ya que es una versión corregida y aumentada de aquella edición original. Tal travesía fue posible al hacer sinergia con la editorial hermana Animal Gráfico. Historietas domésticas para sazonar el olvido.

🔥 FUEGO LENTO está disponible en:
🛒 Libro físico: https://www.mercadolibre.com.mx/fuego-lento-antologia-de-comic-mexicano-de-ricardo-pelaez-g/up/MLMU1012218879
🔎 Buscalibre: https://www.buscalibre.com.mx/libro-fuego-lento/9786079916107/p/55155309
✨ Libro digital: https://mybook.to/FuegoLentoEbook

Playlist de YouTube: https://www.youtube.com/playlist?list=PLuSWLXcZvHsDLvtAGHMeBS65ClZiLdnHG

 

Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica: la historia del concurso nacional de cómic independiente

Hay cajas que pesan más que otras.

No porque contengan más libros. Pesan por todo lo que representan.

Todavía puedo recordar la sala de Logan Wayne aquella noche del martes 23 de abril de 2019. El piso había desaparecido bajo decenas de paquetes recién salidos de imprenta. Acabábamos de recibir los ejemplares de Niño Terror: ¡Vacaciones nunca más!, la primera antología publicada completamente bajo el sello de Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Durante un buen rato estuvimos cargando cajas y paquetes, acomodándolas contra las paredes y haciendo espacio para poder caminar. Después encendimos una cámara e hicimos una transmisión en vivo por Facebook. Abrimos los paquetes frente a nuestros lectores, mostramos el libro por primera vez y compartimos esa emoción que solamente conocen quienes han esperado durante meses la llegada de una imprenta.

Cuando terminó la transmisión, apagamos las luces del celular y por fin nos sentamos.

Estábamos cansados.

Muy cansados.

Pero también felices.

La sensación era extraña. Durante meses habíamos trabajado para que ese libro existiera y, de pronto, ahí estaba. Podíamos tocarlo. Oler la tinta. Revisar los acabados. Pasar las páginas una por una buscando cualquier detalle que se nos hubiera escapado durante la producción.

Por unos minutos ninguno dijo gran cosa.

Simplemente contemplábamos los libros.

Entonces rompí el silencio.

—¿Y si hacemos un concurso de novela gráfica nosotros?

Logan levantó la vista desde el comedor, donde estaba sentado. Me miró con esa expresión que mezcla sorpresa y desconfianza. No recuerdo que respondiera de inmediato. Creo que primero intentó averiguar si hablaba en serio o si era una de esas ideas que aparecen cuando el cansancio empieza a hacer de las suyas.

Y, siendo honesto, la propuesta sonaba completamente absurda.

Pura Pinche Fortaleza Cómics apenas estaba dando sus primeros pasos. Habíamos presentado el sello editorial apenas unos meses antes, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2018. Éramos una editorial independiente que todavía estaba aprendiendo a caminar. Íbamos descubriendo sobre la marcha cómo producir libros, cómo organizar presentaciones, cómo montar un stand, cómo sobrevivir de feria en feria y cómo convencer a los lectores de que el cómic mexicano tenía muchísimo más que ofrecer de lo que normalmente encontraban en los aparadores.

Presentando el sello editorial Pura Pinche Fortaleza Cómics en FIL 2018

No teníamos una estructura enorme.

No teníamos recursos ilimitados.

No teníamos patrocinadores.

Lo único que teníamos era una enorme cantidad de trabajo y unas ganas casi irresponsables de seguir construyendo cosas.

Mirándolo en retrospectiva, creo que así comenzó buena parte de nuestra historia.

Nunca esperamos a sentirnos preparados.

Simplemente empezábamos.

Peloteamos la idea durante un rato.

Hablamos de jueces, de convocatorias, de impresión, de dinero… sobre todo de dinero. Muy pronto nos dimos cuenta de que organizar un concurso nacional de novela gráfica estaba muy por encima de nuestras posibilidades. La conversación terminó igual que había comenzado: entre dudas, risas y una larga lista de preguntas sin respuesta.

Tebin, Héctor Santarriaga y Logan Wayne de Pura Pinche Fortaleza Cómics en 2019.

Era abril de 2019.

Si alguien me hubiera dicho esa noche que esa conversación terminaría convirtiéndose en uno de los concursos de narrativa gráfica mexicana más importantes del país, probablemente me habría reído.

Porque, en realidad, la historia del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica no comenzó aquella noche.

Comenzó casi un año antes.

Y, curiosamente, también empezó con cajas de libros.

 

I. El robo.

Era mayo de 2018 y participábamos en CONQUE, una convención de cómics que ese año se celebró en Querétaro.

Tebin y yo, como parte de Nostromo Ediciones habíamos viajado juntos para participar como expositores. Cada uno tendría su propia mesa para vender sus libros, saludar lectores y presentar su trabajo. Logan Wayne llegaría unas horas después por su cuenta. Todo estaba listo para comenzar.

O al menos eso creíamos.

El día anterior a la inauguración dejamos el automóvil de Tebin en el estacionamiento del recinto mientras entrábamos a montar nuestras mesas.

Cuando regresamos, alguien había abierto el coche.

Se habían llevado prácticamente todo.

Libros.

Maletas.

Material de trabajo.

Ropa.

Objetos personales.

Recuerdo perfectamente esa sensación de incredulidad. Caminábamos alrededor del automóvil esperando descubrir que aquello era un error, que las cosas aparecerían en algún rincón del estacionamiento. No ocurrió.

No había otra opción.

Regresamos en cuanto pudimos a la Ciudad de México.

Conseguimos más ejemplares.

Compramos lo indispensable para poder trabajar durante el evento.

Volvimos a cargar el coche.

Y emprendimos otra vez el camino hacia Querétaro.

Llegamos alrededor de las cuatro de la mañana del viernes 4 de mayo.

La convención abría sus puertas a las diez.

Dormimos apenas tres horas.

A las diez de la mañana, cada uno de nosotros ya estaba detrás de su respectiva mesa, intentando que nadie imaginara el desastre que habíamos vivido apenas unas horas antes.

Lo curioso es que ese robo nunca terminó definiendo aquel viaje.

Con el paso del tiempo, recuerdo mucho más lo que ocurrió esa misma noche.

Porque, sin saberlo, fue ahí donde realmente comenzó la historia del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

 

II. La pregunta.

Hay días que uno recuerda por el problema que tuvo.

Y hay otros que terminan siendo inolvidables por una conversación.

La primera noche de CONQUE pudo haber quedado marcada únicamente por el robo de nuestros libros.

Teníamos razones suficientes para dar por perdido el viaje. El cansancio seguía acumulándose. Dormimos apenas unas horas, trabajamos toda la jornada intentando mantener el ánimo y, cuando por fin terminó el primer día de actividades, lo único que queríamos era sentarnos un rato.

Logan y yo propusimos ir a cenar.

Había un restaurante de espadas brasileñas muy cerca del recinto y, si soy completamente honesto, tampoco necesitábamos demasiado pretexto para terminar en un lugar así. Quienes nos conocen saben que, durante varios años, cualquier ciudad que visitábamos era una buena excusa para buscar uno.

Aquella noche la mesa fue creciendo poco a poco.

Éramos más de diez personas entre colegas, amigos, lectores y familiares. En uno de los extremos de la mesa nos sentamos Logan Wayne, Armando Montes de Santiago, Alejandra Romero, que también nos acompañaba durante el viaje y yo. Del otro lado estaban Edgar Clement con varios amigos y lectores, inmersos en sus propias conversaciones.

El restaurante estaba lleno.

Había ruido por todas partes.

Meseros entrando y saliendo con enormes espadas de picaña, sirloin y costillas.

El ambiente era exactamente el que necesitábamos después del desastre del día anterior.

Entre un corte y otro comenzamos a hablar de eventos de cómic.

De las ferias del libro.

De las convenciones que nos gustaban y de las que sentíamos que todavía podían crecer.

En algún momento la conversación llegó a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Apenas unos meses antes habíamos participado en la primera edición del Salón del Cómic + Novela Gráfica y la experiencia había sido extraordinaria. Por primera vez sentíamos que gracias a Armando Montes de Santiago, el cómic mexicano ocupaba un espacio importante dentro de la feria del libro más grande del mundo en español.

Entonces dije una frase que parecía completamente inocente.

—La FIL debería hacer un concurso de novela gráfica. ¿Por qué no hacen uno?

Armando sonrió.

Nos volteamos a ver.

Todos estuvimos de acuerdo.

Sí.

Sería increíble.

Un concurso nacional.

Una convocatoria abierta.

Una oportunidad para descubrir nuevas voces de la narrativa gráfica mexicana.

Pero una cosa era desearlo y otra muy distinta hacerlo realidad.

Armando nos explicó que poner en marcha un proyecto así no era sencillo. Había muchos factores involucrados y no dependía únicamente de una persona.

La conversación siguió su curso.

Nadie dijo que fuera imposible.

Nadie descartó la idea.

Simplemente quedó flotando sobre la mesa, como tantas otras conversaciones que nacen entre amigos y que parecen destinadas a quedarse solamente ahí.

Hoy pienso mucho en ese momento.

Porque es muy fácil acostumbrarnos a esperar que alguien más haga las cosas.

Que alguien organice el evento.

Que alguien publique el libro.

Que alguien abra la convocatoria.

Que alguien construya el espacio que sentimos que hace falta.

Aquella noche nosotros también estábamos esperando.

Esperando que la FIL hiciera un concurso de novela gráfica.

Lo que todavía no sabíamos era que, menos de un año después, dejaríamos de esperar.

Y decidiríamos construirlo nosotros.

Durante mucho tiempo pensé que el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica había nacido en abril de 2019, en la sala de Logan, entre cómics recién salidos de imprenta.

Hoy creo que estaba equivocado.

La semilla se sembró aquella noche en Querétaro.

No hubo discursos.

No hubo acuerdos.

No hubo un plan de trabajo.

Solamente hubo una conversación sincera entre personas, entre amigos que compartían la misma preocupación por el futuro del cómic mexicano.

A veces las ideas más importantes comienzan exactamente así.

No con certezas.

Sino con una pregunta que alguien se atreve a decir en voz alta.

 

III. El día que dejamos de esperar

Pasó casi un año.

La idea seguía apareciendo de vez en cuando en nuestras conversaciones, pero la realidad era mucho más urgente.

Pura Pinche Fortaleza Cómics acababa de nacer y cada semana representaba un nuevo reto. Había libros por producir, eventos por atender y una editorial independiente que intentaba abrirse paso en un terreno donde casi todo había que aprenderlo sobre la marcha.

Para finales de abril de 2019 participamos por primera vez en la Feria Nacional del Libro de León.

Como ocurre siempre, el trabajo comenzó un día antes de que la feria abriera sus puertas.

Había que descargar cajas.

Levantar el stand.

Acomodar libros.

Resolver los últimos detalles para que, al día siguiente, todo estuviera listo cuando llegaran los primeros lectores.

Cuando terminamos, el pasillo seguía vacío.

La feria aún no comenzaba.

Nuestro pequeño espacio estaba listo.

Y quizá por eso era el momento perfecto para tomar una decisión.

Salimos a cenar.

Otra vez terminamos en un restaurante de espadas brasileñas.

Otra vez el ruido de los platos, las conversaciones y los meseros llenaba el ambiente.

Otra vez la carne seguía llegando a la mesa mientras hablábamos de proyectos.

Hay quien dice que las mejores ideas nacen en una oficina.

Las nuestras, al parecer, siempre nacían alrededor de una mesa.

Esta vez la conversación ya no giró alrededor de lo que alguien más podía hacer.

La pregunta había cambiado.

—¿Y si hacemos el concurso nosotros?

Esta vez nadie se rió.

Porque, aunque seguía pareciendo una locura, ya no sonaba imposible.

 

IV. Convencer a otros de creer

Aquella cena en León terminó de una forma muy distinta a la de Querétaro.

Ya no estábamos imaginando un concurso.

Estábamos tratando de descubrir cómo hacerlo posible.

Las ideas comenzaron a aparecer una detrás de otra.

¿Quién podría ser jurado?

¿Cuándo abriríamos la convocatoria?

¿Cómo seleccionaríamos las obras?

¿Cómo sería la ceremonia de premiación?

Y, por supuesto, apareció la pregunta inevitable.

—¿Y el dinero?

Hubo unos segundos de silencio.

Organizar un concurso nacional de novela gráfica implicaba imprimir un libro completo. Para una editorial independiente como la nuestra, aquello representaba un esfuerzo enorme.

—Pues habrá que conseguir un patrocinador.

Volteamos a ver a Alejandra Romero.

Ella había trabajado durante años en Editorial Televisa y conocía perfectamente el mundo editorial.

—¿Y si hablamos con SMASH?

Nos reímos.

Pero mientras más lo pensábamos, menos descabellada parecía la idea.

La cena terminó con un brindis.

Tequila derecho.

Después de un auténtico atracón de carne.

Recuerdo perfectamente ese momento porque, aunque no firmamos ningún documento ni hicimos ningún acuerdo formal, todos sabíamos que acabábamos de comprometernos con algo que todavía no alcanzábamos a dimensionar.

Antes de levantarnos de la mesa hicimos el primer trato.

Al día siguiente llamaríamos a Armando Montes de Santiago.

Si la FIL Guadalajara quería sumarse, nosotros estábamos listos para comenzar.

La respuesta llegó mucho más rápido de lo que esperábamos.

Armando no solamente recibió la propuesta con entusiasmo.

Quiso formar parte de ella.

Desde el principio entendió que el concurso podía convertirse en una oportunidad para descubrir nuevas voces dentro del cómic mexicano y la narrativa gráfica mexicana.

Gracias a su apoyo, la ceremonia de premiación encontró un hogar en el Foro Rius, dentro del Salón del Cómic + Novela Gráfica de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Con el paso de los años, esa alianza terminaría convirtiéndose en una de las columnas que sostienen al Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Y todavía faltaba una pieza.

Durante once años trabajé en Editorial Televisa, principalmente en el área de revistas infantiles.

Para entonces ya llevaba cinco años fuera de la empresa, pero seguía conservando contacto con varios colegas, grandes amistades y muchas personas con las que seguía en contacto y estaban muy cerca. Entre ellas estaba Alejandra Romero.

Gracias a ese vínculo nos acercamos a SMASH, el sello editorial que en ese momento publicaba en México los cómics de DC Comics y Marvel Comics.

La respuesta volvió a sorprendernos.

Aceptaron.

SMASH se convirtió en el patrocinador de la impresión del primer libro ganador.

De pronto, aquello que unos días antes parecía una locura comenzaba a tomar forma.

Ya teníamos una sede.

Ya teníamos un aliado.

Ya teníamos una forma de imprimir la obra campeona.

Ahora solamente faltaba una cosa.

Que existieran autores dispuestos a confiar en nosotros.

 

V. La noche en que nació la convocatoria.

La convocatoria no apareció por generación espontánea.

Nació exactamente igual que nacen muchas cosas en una editorial independiente.

Con café, con cansancio y con una pizza sobre la mesa nos reunimos en mi casa.

Sabíamos qué queríamos lograr.

Lo que todavía no sabíamos era cómo convertir esa intención en reglas claras.

Pasamos horas discutiendo cada punto.

Cada requisito.

Cada fecha.

Cada detalle.

Queríamos construir un concurso serio.

Uno que tratara con respeto el trabajo de los autores.

Uno que realmente pudiera convertirse en una plataforma para el cómic mexicano.

Sin darnos cuenta se hizo de noche.

Seguimos escribiendo.

Corrigiendo.

Debatiendo.

Cuando terminamos el primer borrador ya eran más de las tres de la mañana.

Estábamos agotados.

Pero también teníamos la sensación de haber construido algo importante.

Pocos días después, el 21 de mayo de 2019, encendimos una cámara e hicimos una transmisión en vivo por Facebook.

Leímos punto por punto la convocatoria del primer Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Presentamos también el concurso en MVS Radio en el programa Charros VS Gangsters

Recuerdo perfectamente la mezcla de emoción y nervios.

Porque hasta ese momento todo dependía de nosotros.

A partir de ese instante, el concurso dependería de los autores.

No teníamos idea de cuántas personas participarían.

Pensábamos que probablemente recibiríamos obras de amigos, colegas y autores que ya conocíamos.

Nada nos preparó para lo que ocurrió después.

Porque los primeros correos comenzaron a llegar.

Y con ellos descubrimos algo que cambiaría para siempre la manera en que entendíamos el cómic mexicano.

 

VI. Había más gente haciendo cómic de la que imaginábamos.

Hay una imagen que nunca voy a olvidar.

No es una ceremonia de premiación.

No es una fotografía con los campeones.

Ni siquiera es la publicación del primer libro.

Es un correo electrónico.

Porque cuando publicamos la convocatoria ocurrió algo que jamás vimos venir.

Los proyectos comenzaron a llegar.

Al principio eran pocos. Cada vez que aparecía una nueva participación en el correo de la editorial, alguno de nosotros la abría con la misma curiosidad. No para descubrir quién estaba detrás de ella. De hecho, no podíamos saberlo.

Desde la primera edición decidimos que todas las obras participarían bajo un seudónimo. La identidad de sus autores queda resguardada en una plica independiente que permanece cerrada durante todo el proceso de evaluación. Los jueces tampoco conocen los nombres de quienes participan. Frente a ellos solamente hay novelas gráficas.

Nada más.

La plica únicamente se abre cuando la obra ganadora ha sido elegida.

Primero nace un campeón. Después conocemos su nombre.

Queríamos que el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica se decidiera exactamente como debe decidirse un concurso de novela gráfica: por la calidad de la obra, nunca por el prestigio, los contactos o la trayectoria de quien la firma.

Así que, cada vez que llegaba una nueva participación, lo único que sabíamos era que alguien, en algún lugar de México, había dedicado meses o quizá años de su vida a construir esa historia.

Durante los primeros días todavía alcanzábamos a comentar cada proyecto.

Después dejamos de hacerlo.

Los correos seguían llegando.

Y siguieron llegando.

Hasta que un día entendimos algo que nunca habíamos imaginado.

Había muchísima más gente haciendo cómic mexicano de la que conocíamos.

Durante años recorrimos convenciones, ferias del libro y festivales especializados. Pensábamos que conocíamos buena parte de la comunidad.

La ceremonia del primer Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica 2019 en el Foro Rius.

Estábamos equivocados.

La convocatoria comenzó a revelarnos un mapa completamente distinto.

Empezaron a aparecer propuestas de estados donde nunca habíamos presentado un libro.

Personas que llevaban años trabajando en silencio.

Historias que no se parecían a nada de lo que habíamos leído antes.

De pronto comprendimos que el cómic mexicano era mucho más grande que el pequeño círculo que solíamos encontrar en los eventos.

Simplemente no lo estábamos viendo.

Con el paso de las ediciones esa sensación no ha hecho más que crecer.

Hoy, después de siete convocatorias, cerca de cuatrocientas novelas gráficas han participado en el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Cuatrocientas.

Es una cifra que todavía me cuesta dimensionar.

Porque detrás de cada una hay meses o años de trabajo.

Hay alguien que decidió empezar una historia sin tener ninguna garantía de que algún día sería publicada.

Muchas de esas obras fueron creadas específicamente para participar en el concurso.

Eso significa que el Premio no solamente reconoce novelas gráficas.

También provoca que existan.

Y esa diferencia me parece enorme.

Con frecuencia alguien me pregunta si no resulta frustrante que solamente una obra sea ganadora cada año.

La respuesta es no.

Porque el verdadero éxito del Premio nunca ha dependido únicamente de la obra ganadora.

Está en todas las demás.

En las novelas gráficas que siguieron creciendo después de no haber sido seleccionadas.

En los autores que decidieron autopublicarlas.

En quienes corrigieron su proyecto y lo llevaron a otro lado.

En quienes llevaron su obra a otros concursos y los ganaron.

En quienes comenzaron una segunda obra.

O una tercera.

O una cuarta.

Hay una cláusula dentro de nuestra convocatoria que casi nadie comenta.

En ella establecimos que, si una obra no campeona despertaba el interés editorial de Pura Pinche Fortaleza Cómics, podríamos abrir su plica para contactar a sus autores y explorar la posibilidad de publicarla.

La escribimos desde la primera edición.

No porque tuviéramos los recursos para publicar decenas de novelas gráficas.

Sino porque queríamos dejar abierta esa puerta.

Porque un jurado elige una obra.

Pero el talento nunca cabe en un solo premio.

Durante años esa cláusula permaneció esperando.

Hasta que finalmente ocurrió.

En 2023 La Playa llegó como una de las obras finalistas del concurso. No obtuvo ganó el concurso, pero sí encontró lectores ya que un año después tuvimos el privilegio de publicarla nosotros mismos bajo nuestro sello editorial.

Cada vez que pienso en esa decisión recuerdo por qué escribimos aquella cláusula desde el principio.

Nunca quisimos construir un muro.

Siempre quisimos construir una puerta.

Quizá esa ha sido la mayor enseñanza que me ha dejado el Premio.

Creíamos que estábamos organizando un concurso.

En realidad, estábamos tomando el pulso del cómic mexicano.

Cada convocatoria es una fotografía de lo que cientos de autores están imaginando al mismo tiempo.

De sus preocupaciones.

De sus obsesiones.

De sus influencias.

De las historias que sienten la necesidad de contar.

Muy pocas personas tienen el privilegio de asomarse a ese momento.

Yo sí lo he tenido.

Y no deja de sorprenderme.

 

VII. El premio nunca fueron mil libros

Cuando anunciamos el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica hubo una pregunta que apareció una y otra vez.

—¿Por qué entregar mil ejemplares?

La respuesta nunca fue económica.

Fue profundamente personal.

Los fundadores de Pura Pinche Fortaleza Cómics también comenzamos como autores independientes.

Aprendimos a escribir.

A editar.

A corregir.

A tratar con imprentas.

A cargar cajas de libros.

A montar stands.

A vender en convenciones.

A recorrer el país presentando nuestro trabajo.

Nadie nos enseñó cómo hacerlo.

Fuimos aprendiendo sobre la marcha.

A veces acertando.

Muchas otras equivocándonos.

Por eso, cuando diseñamos el Premio, quisimos que el reconocimiento no terminara con una ceremonia.

Queríamos que el verdadero premio comenzara precisamente ahí.

Los mil ejemplares nunca fueron solo libros.

Son una herramienta.

Son la posibilidad de que el campeón decida qué hacer con su propia obra.

Presentarla en ferias del libro.

Llevarla a convenciones.

Buscar librerías.

Organizar firmas de ejemplares.

Regalar algunos libros.

Vender otros.

Encontrar lectores.

Comenzar una carrera.

O consolidar la que ya había empezado.

El verdadero premio nunca ha sido publicar un libro.

El verdadero premio es hacerse responsable del destino de ese libro.

Porque eso es exactamente lo que hacemos quienes elegimos el camino de la edición independiente.

Tratamos de construir una carrera.

No de esperar a que alguien la construya por nosotros.

Y ése fue, desde el primer día, el espíritu del Premio.

No queríamos formar autores dependientes de una editorial.

Queríamos ayudar a formar autores independientes.

Autores capaces de tomar esos mil ejemplares y convertirlos en el primer paso de una trayectoria.

En el fondo, todo se resume a una idea muy sencilla.

Intentar hacerles un poco más fácil el camino que nosotros mismos tuvimos que recorrer.

VIII. Cumplir la palabra.

Hay proyectos que sobreviven gracias al dinero.

Otros sobreviven gracias al entusiasmo.

El Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica sobrevivió por una razón mucho más sencilla.

Porque cada año decidimos cumplir con nuestra palabra.

La primera gran prueba llegó mucho antes de lo que imaginábamos.

En 2020 el mundo se detuvo.

Las ferias del libro desaparecieron.

Las convenciones fueron canceladas.

Los eventos donde normalmente vendíamos nuestros libros dejaron de existir de un día para otro.

Y, como si eso no fuera suficiente, SMASH ya no pudo continuar como patrocinador del Premio después de los cambios que hubo en su administración.

De pronto nos encontramos exactamente donde nunca habíamos querido estar.

Sin eventos.

Sin patrocinador.

Y prácticamente sin ingresos.

Durante varias semanas hablamos seriamente sobre la posibilidad de suspender el concurso.

Era una decisión razonable.

Nadie nos habría reprochado esperar un año.

Todo el mundo estaba intentando entender qué estaba ocurriendo.

Pero había un problema.

Ya habíamos publicado la convocatoria.

Había autores trabajando.

Había personas que habían decidido invertir meses de su vida para participar.

Y nosotros habíamos dado nuestra palabra.

Así que hicimos lo único que podíamos hacer.

Seguir.

No fue una decisión sencilla.

Tuvimos que asumir nosotros mismos el costo de imprimir la obra ganadora.

Para una editorial independiente aquello representaba un esfuerzo enorme.

Pero nunca consideramos otra opción.

Si el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica quería convertirse en un proyecto serio, tenía que demostrarlo precisamente cuando las circunstancias invitaban a hacer lo contrario.

La obra ganadora de aquel año fue Donde migran las aves, de Millo Sketch, de Xalapa, Veracruz.

La ceremonia de premiación tuvo que realizarse de manera virtual.

No hubo escenario.

No hubo aplausos.

No hubo fotografías con decenas de personas alrededor.

Pero sí hubo libro.

Y eso era lo verdaderamente importante.

Cuando los ejemplares estuvieron listos viajamos hasta Xalapa para entregárselos personalmente.

Todavía usábamos cubrebocas.

Todavía existía esa distancia incómoda que imponía la pandemia.

Recuerdo perfectamente las ganas que todos teníamos de abrazarnos y no poder hacerlo.

No hacía falta decir demasiado.

El libro hablaba por nosotros.

Habíamos cumplido.

Un año después ocurrió algo parecido.

La novela gráfica ganadora fue Agujero Blanco, de Alba Glez, de Querétaro.

La ceremonia también fue virtual.

Cuando llegó el momento de entregar los ejemplares viajé solo hasta Querétaro.

Otra vez con cubrebocas.

Otra vez sin abrazos.

Otra vez con la satisfacción de saber que el Premio seguía cumpliendo aquello que había prometido.

Con el tiempo entendí que esos viajes no eran solamente entregas de libros.

Eran una forma de decirles a nuestros campeones que confiaban en el proyecto correcto.

Que detrás del concurso había personas dispuestas a cumplir incluso cuando hacerlo parecía poco conveniente.

Después vino Morelia.

En 2022 viajábamos rumbo a Guadalajara para la Feria Internacional del Libro.

Antes de llegar hicimos una escala en Michoacán.

Nos citamos con Heretto Dos para desayunar en un restaurante.

La entrega ocurrió en el estacionamiento.

Heretto Dos tomó por primera vez Ceniza: El vil y vulgar infierno de Shanik entre sus manos.

No recuerdo que dijera gran cosa.

No hacía falta.

La emoción se le veía en la cara.

Hay silencios que dicen mucho más que cualquier discurso.

Fue un honor contar con la paticipación de Alba Glez, ganadora de nuestro concurso en 2021 y Heretto Dos, ganador del 2022.

Con el paso de los años esas escenas comenzaron a repetirse.

Y, curiosamente, nunca ocurrían durante la ceremonia de premiación.

Siempre sucedían unos minutos antes.

O unos días antes.

En un estacionamiento.

En un stand.

En una carretera.

En una caja recién abierta.

Ahí es donde realmente sucede el Premio.

 

IX. El momento en que nace un campeón.

Después de siete ediciones he descubierto algo.

La reacción nunca es exactamente igual.

Pero siempre ocurre algo parecido.

Cöld Sinistar llegó a nuestro stand durante la FIL Guadalajara unos días antes de la ceremonia de premiación.

Miró el libro.

Abrió mucho los ojos.

Lo contempló durante varios segundos.

Estaba completamente atónito.

No dijo casi nada.

No era necesario.

Alan Street vivió algo distinto.

Alan S.treet y su novela gráfica Charla Tranquila en el Foro Rius en FIL 2023.

Lo conocimos dos años antes de que se convirtiera en campeón.

En 2021 visitó nuestro stand durante la Feria Nacional del Libro de León buscando manga y cómic europeo.

Casi por accidente terminó descubriendo todo un catálogo de cómic mexicano.

Platicamos poco.

Le hablamos del Premio.

Dos años después regresó.

Esta vez no como lector.

Sino como campeón.

Nos contó que, cuando recibió la noticia de que había ganado, todavía no alcanzaba a dimensionar lo que significaba.

Fue hasta que llegó a Guadalajara y tuvo su novela gráfica entre las manos cuando realmente entendió lo que había ocurrido.

La ceremonia de premiación en FIL 2023

Rafael Radillo tampoco podía dejar de mirar su libro.

Habíamos trabajado intensamente en una nueva portada.

Ver el resultado impreso fue emocionante para todos.

Rafael Radillo en la ceremonia de premiación FIL 2024

Darkko Castillo y Dante Navarro nos regalaron otra primera vez.

Fueron los primeros campeones en obtener el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica como equipo creativo.

Uno escribiendo.

El otro ilustrando.

Verlos sostener juntos la obra fue una imagen que difícilmente voy a olvidar.

Ceremonia FIL 2025.

He tenido el privilegio de presenciar ese momento una y otra vez.

Y siempre termino pensando exactamente lo mismo.

Lo que esos autores sostienen entre las manos no es solamente un libro.

Es el resultado de años de trabajo.

De dudas.

De desvelos.

De páginas que alguna vez existieron únicamente dentro de una computadora.

De historias que, durante mucho tiempo, solamente vivieron en su imaginación.

Hasta que un día pudieron tocarlas.

Y creo que ése es el verdadero milagro de hacer cómics.

 

X. Valió la pena

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica me ha enseñado mucho más de lo que yo esperaba enseñarle a alguien.

Cuando aquella noche de abril de 2019 lancé una pregunta en la sala de Logan Wayne, lo hice pensando en un concurso.

Pensaba en una convocatoria.

En un jurado.

En una ceremonia de premiación.

En un libro.

Nunca imaginé todo lo que vendría después.

No imaginé las casi cuatrocientas novelas gráficas que llegarían con el paso de los años.

No imaginé la diversidad de voces, de estilos, de géneros y de miradas que descubriríamos edición tras edición.

No imaginé que tendría el privilegio de leer tantas historias antes de que existieran como libros.

Y, sobre todo, no imaginé que ese proceso terminaría enseñándome tanto sobre el cómic mexicano.

Porque detrás de cada participación hay alguien que decidió creer en una historia.

Alguien que encontró tiempo para escribir después del trabajo.

Que dibujó durante las noches.

Que corrigió páginas una y otra vez.

Que volvió a empezar cuando algo no funcionaba.

Cada obra que llega al Premio representa una apuesta enorme.

Y eso merece todo mi respeto.

A veces me preguntan cuál ha sido la mayor satisfacción de organizar este concurso.

La respuesta nunca cambia.

No es la ceremonia.

No es anunciar a la obra campeona.

No es ver el Foro Rius lleno.

Es un instante mucho más pequeño.

Ver al campeón sostener su libro por primera vez.

Todavía recuerdo la mirada de Cöld Sinistar frente a su novela gráfica.

El silencio de Heretto Dos en aquel estacionamiento de Michoacán.

La emoción de Rafael Radillo contemplando una portada en la que habíamos trabajado durante semanas.

A Alan Street descubriendo que ganar el Premio significaba algo completamente distinto cuando tuvo el libro entre las manos.

A Millo Sketch y Alba Glez recibiendo sus ejemplares en plena pandemia, con un cubrebocas de por medio y la certeza de que una promesa cumplida también puede abrazar.

Cuando los campeones se encuentran. Alba Glez y Millo Sketch con sus respectivas obras ganadoras.

A Darkko Castillo y Dante Navarro sosteniendo juntos una obra que nació del trabajo de dos autores.

He visto esa escena siete veces.

Y las siete veces ha sido distinta.

Pero todas tienen algo en común.

Durante unos segundos desaparece el ruido.

Las conversaciones se detienen.

Las personas alrededor dejan de importar.

Solamente existen un autor y su libro.

Creo que todos ellos saben, en ese instante, lo difícil que es hacer cómic en México.

Y precisamente por eso ese momento pesa tanto.

Porque no están sosteniendo únicamente un objeto.

Están sosteniendo años de trabajo.

Años de disciplina.

Años de incertidumbre.

Años de insistir en contar una historia cuando nadie podía asegurarles que algún día encontraría lectores.

Tal vez por eso nunca he sentido que el Premio pertenezca realmente a Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Nosotros solamente lo organizamos.

Quienes le dan sentido son los autores que deciden confiar en él.

Alba Glez y Alan S.treet, nuestros campeones 2021 y 2023.

Ellos son quienes lo construyen cada año.

Con cada página.

Con cada proyecto.

Con cada novela gráfica que llega firmada con un seudónimo.

Y eso también me recuerda algo que nunca hemos querido perder de vista.

El protagonista de este concurso nunca ha sido un nombre.

Siempre ha sido una obra.

Primero nace un campeón. Después conocemos su nombre.

Esa idea nos ha acompañado desde la primera convocatoria y espero que siga acompañándonos muchos años más.

Porque resume exactamente el tipo de Premio que quisimos construir.

Uno donde el talento importe más que la trayectoria.

Donde la historia pese más que la fama.

Donde una novela gráfica tenga las mismas posibilidades de ganar sin importar si detrás de ella hay un autor reconocido o alguien que nunca antes había publicado.

Esa igualdad de condiciones no es un detalle administrativo.

Es un compromiso.

Y también una forma de entender el cómic mexicano.

Con el paso de los años he comprendido que el verdadero premio nunca fueron los mil ejemplares.

Los mil libros son solamente el principio.

Lo verdaderamente valioso es lo que cada campeón decide hacer con ellos.

Hay quien comienza a recorrer ferias del libro.

Hay quien toca las puertas de librerías.

Hay quien encuentra a sus primeros lectores.

Hay quien consolida una carrera que ya venía construyendo.

Al final, cada caja de libros representa exactamente lo mismo.

Una oportunidad.

Quizá esa fue siempre nuestra intención.

No recorrer el camino por nadie.

Sino dejarlo un poco menos difícil para quienes venían detrás.

Porque nosotros también estuvimos ahí.

También cargamos cajas.

También aprendimos a prueba y error.

También recorrimos el país con nuestros libros bajo el brazo.

Y si todo lo que hemos construido desde 2019 ha servido para que aunque sea un solo autor encuentre un camino un poco más claro hacia sus lectores…

Entonces habrá valido la pena.

Muchísimo.

El cómic mexicano está vivo.

Lo he visto en casi cuatrocientas novelas gráficas.

Lo he visto en autores que decidieron autopublicarse después de no resultar campeones.

Lo he visto en lectores que descubrieron por primera vez que en México se cuentan historias extraordinarias en viñetas.

Y mientras sigan existiendo personas dispuestas a dedicar años de su vida a crear una novela gráfica, seguiremos necesitando espacios donde esas historias puedan encontrarse con sus lectores.

Porque el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica nunca ha tratado únicamente de elegir una obra.

Ha tratado de recordar, año tras año, que el cómic mexicano no necesita permiso para existir.

Necesita autores que lo hagan.

Lectores que lo acompañen.

Y una comunidad que crea en él.

Yo tengo la fortuna de formar parte de esa comunidad.

Y, después de todo este tiempo, sigo sintiendo exactamente lo mismo que aquella noche en la sala de Logan Wayne, rodeado de paquetes y cajas de libros recién salidos de la imprenta.

Valió la pena.

¡Lee cómics y hagamos que el cómic mexicano siga vivo!

Mi nombre es Héctor Santarriaga y estos fueron #MisDosMinutos.

Cronología de un sueño colectivo:

Mayo de 2018
Durante CONQUE, en Querétaro, sufrimos el robo de libros, equipo y pertenencias. Esa misma noche, durante una cena entre colegas, surgió por primera vez la conversación sobre la necesidad de crear un concurso nacional de novela gráfica independiente.

23 de abril de 2019
Rodeados de cajas recién salidas de imprenta con Niño Terror: ¡Vacaciones nunca más!, retomamos la idea en la sala de Logan Wayne y decidimos que había llegado el momento de dejar de esperar a que alguien más organizara el concurso.

Mayo de 2019
Tras una larga noche de trabajo escribimos la primera convocatoria del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica y, pocos días después, la presentamos públicamente mediante una transmisión en vivo.

2019
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se suma al proyecto a través de Armando Montes de Santiago. El Foro Rius se convierte en la sede oficial de la ceremonia de premiación.

2019
Se celebra la primera edición del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica y queda claro que existe una comunidad de autores mucho más amplia de lo que imaginábamos.

2020
La pandemia obliga a cancelar ferias y convenciones. Sin patrocinador y con recursos limitados, decidimos mantener el compromiso con los autores y publicar la obra ganadora. La premiación se realiza de forma virtual y viajamos a Xalapa para entregar personalmente los libros a Millo Sketch.

2021–2025
El Premio continúa creciendo. Cada nueva convocatoria revela nuevas voces, nuevos estilos y nuevas regiones del país. Los libros ganadores comienzan a formar parte del panorama del cómic mexicano y el certamen se consolida como una plataforma para descubrir narrativa gráfica independiente.

2026
Tras siete ediciones y cerca de cuatrocientas novelas gráficas recibidas, el Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica se ha consolidado como uno de los espacios más importantes para el desarrollo del cómic independiente y la narrativa gráfica mexicana

Te comparto algunas imágenes, videos y links importantes:

Cöld Sinistar en el stand de Pura Pinche Fortaleza Cómics en la FIL 2019.

Heretto Dos, ganador del premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica 2022 levantando su premio en el Foro Rius.

Con los campeones Rafael Radillo y Millo Sketch en la CCXP 2025.

Con el campeón Darkko Castillo en FIL Monterrey 2025.

Con el campeón Dante Navarro en FIL Monterrey 2025.

La convocatoria de este año actualmente está vigente. Pero cada año la puedes encontrar en purapinchefortalezacomics.com/premio

Conoce a detalle las obras ganadoras de nuestro concurso.

¡Adquiere las novelas gráficas del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica!

Esta es una playlist en el canal de YouTube de Pura Pinche Fortaleza Cómics con muchos videos acerca del concurso y los ganadores del Premio Pura Pinche Fortaleza de Novela Gráfica.

Las obras ganadoras del Premio Pura Pinche Fortaleza Cómics:

 

Entrevista durante la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería 2026

Desde hace algunos años, asistir a la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería como autor y expositor se ha convertido en una de las experiencias que más disfruto. Durante mucho tiempo fui un visitante entusiasta de esta feria; era uno de mis eventos favoritos en la Ciudad de México y siempre encontraba ahí los libros que terminaban formando parte de mi colección.

Hoy, tener la oportunidad de vivir esta experiencia desde el otro lado del mostrador, compartiendo mi trabajo con las y los lectores, es algo que valoro profundamente y disfruto todavía más. Cada conversación, cada dedicatoria y cada persona que se acerca para conocer mi trabajo me recuerda por qué decidí emprender este camino.

La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería también marca el inicio de nuestro calendario de actividades. Año con año, es el punto de partida de la gira #NoEstamosAquíDeVisita de Pura Pinche Fortaleza Cómics, un proyecto que seguimos impulsando con la misma pasión, convicción y entusiasmo con los que comenzó.

Durante la edición 2026 de la Feria, celebrada el pasado mes de febrero, tuve el gusto de conversar con Irene Arias en una entrevista para Radio Chapingo, justo a un costado de las míticas escaleras del recinto. Quienes las han subido saben perfectamente por qué las llamo así. Fue una charla muy amena, llena de recuerdos, reflexiones y anécdotas que disfruté muchísimo, y hoy quiero compartirla contigo.

Durante la entrevista hablamos sobre el origen de mi pasión por los cómics, mis primeras lecturas y la enorme influencia que los libros han tenido en mi vida. Reflexionamos sobre el poder que tienen las historias para transformar a las personas y sobre cómo un libro va mucho más allá de las hojas que lo conforman: cobra vida en la imaginación de quien lo lee y adquiere un significado distinto para cada lector. También compartí cómo ha cambiado mi perspectiva al pasar de ser lector a convertirme en autor y la enorme responsabilidad, pero también el privilegio, de encontrarme ahora frente a quienes leen mi trabajo.

También platicamos sobre cómo el sistema, muchas veces, busca alejarnos de actividades creativas como dibujar, escribir o contar historias, haciéndonos creer que no tienen lugar en la vida adulta. Hablamos de la importancia de la terquedad bien entendida, de la pasión, de la disciplina y de la decisión de hacer que las cosas sucedan incluso cuando el panorama parece estar en contra, especialmente dentro de una industria que ha enfrentado enormes desafíos.

Porque, al final, todos tenemos la posibilidad de modificar el rumbo de nuestra historia, resignificar nuestras circunstancias y construir nuestro propio destino. No siempre será sencillo, pero vale la pena intentarlo una y otra vez.

Espero que disfrutes esta conversación tanto como yo disfruté formar parte de ella.

A ver qué te parece.

¡Persigue tus sueños y ve tras ellos con todo!

¡Pasión y cómics!

 

 

 

Nos vemos en la edición 22 del GRAN REMATE DE LIBROS, DISCOS Y PELÍCULAS

¡Hola!

Si llevas tiempo queriendo leer alguna de mis novelas gráficas, completar tu colección o simplemente descubrir cómic mexicano independiente sin gastar de más, tengo una muy buena noticia para ti.

Como parte de la gira #NoEstamosAquíDeVisita 2026 de Pura Pinche Fortaleza Cómics, estaré participando en la edición 22 del GRAN REMATE DE LIBROS, DISCOS Y PELÍCULAS, que se llevará a cabo del 29 de julio al 2 de agosto en la Explanada del Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México.

Este es uno de los eventos que más disfruto del año porque tiene un objetivo muy claro: acercar los libros a más lectores mediante precios especiales y descuentos que difícilmente se encuentran en otros espacios. Si alguna vez has pensado en llevarte uno de mis libros, pero estabas esperando el momento adecuado, probablemente esta sea la mejor oportunidad para hacerlo.

Durante cinco días, el Monumento a la Revolución se convierte en un enorme punto de encuentro para quienes disfrutan leer, escuchar música, descubrir películas y explorar nuevas propuestas editoriales. Es un espacio donde conviven grandes editoriales, sellos independientes y lectores de todas las edades que llegan con la intención de encontrar esa historia que no sabían que estaban buscando.

Y ahí estaré yo.

Más allá de poner los libros sobre una mesa, este tipo de eventos me permite hacer lo que más disfruto: platicar contigo. Siempre me gusta conocer qué tipo de historias buscas, cuáles son tus autores favoritos, qué géneros disfrutas leer y recomendarte el libro que mejor pueda conectar contigo. Creo que ninguna tienda en línea puede sustituir esa conversación que surge cuando un lector toma un libro, hojea algunas páginas y pregunta: “¿De qué trata?”.

Además, durante esta edición del Gran Remate de libros, discos y películas llevaré toda mi obra publicada, así que tendrás la oportunidad de encontrar prácticamente todo mi catálogo reunido en un solo lugar.

Si te gusta la ciencia ficción, podrás encontrar HERMANOS, una novela gráfica donde el mañana huele a concreto, sangre, familia y rock & roll; así como LUZ ETERNA, una historia donde el amor y la destrucción viajan en el mismo automóvil.

 

Si lo tuyo son las ciudades decadentes, la tecnología y los futuros donde sobrevivir también implica conservar la humanidad, estarán disponibles CODA: LA BAILARINA, EL HIPOPÓTAMO Y EL MURO, una novela gráfica cyberpunk donde el mañana se cae a pedazos y aún así hay que ir a trabajar, además de CUERVO ELÉCTRICO, una historia donde el sistema parece conocer absolutamente todo de ti… excepto quién querías llegar a ser.

 

Si prefieres el horror, también podrás encontrar GILA: EL SOL NEGRO, donde los monstruos tienen nombre y los dioses tienen hambre; BAJO LA PIEL DE LA BRUJA, donde las verdaderas amenazas van mucho más allá de las leyendas; y LODO, una historia que demuestra que regresar al lugar donde creciste puede convertirse en un descenso hacia el horror más profundo.

También llevaré SERENATA DEL ZOMBI, una novela gráfica muy mexicana donde los mariachis son la última esperanza del fin del mundo con sus dos portadas; FORJADOR, una antología donde los ángeles no pueden volar y los robots también lloran; y MIRANDO AL MONSTRUO A LOS OJOS, un cómic que habla sobre el momento en que el miedo pierde fuerza cuando decides enfrentarlo.

Por supuesto, también estará disponible la trilogía completa de SUEÑOS ROTOS, integrada por SOFÍA, JULIA y EMI. Son tres novelas gráficas que abordan distintas formas de violencia y muestran cómo, muchas veces, la realidad puede ser mucho más cruel que cualquier historia de ficción. Si todavía no la has leído, este puede ser el momento perfecto para comenzar. Y si ya tienes alguno de los tomos, quizá puedas aprovechar los descuentos del evento para completar la colección.

Uno de los aspectos que más valoro del GRAN REMATE DE LIBROS, DISCOS Y PELÍCULAS es que muchas personas llegan con la intención de descubrir libros nuevos. No necesariamente buscan un título en particular; simplemente recorren los pasillos, hojean publicaciones y dejan que la curiosidad haga su trabajo. Es justamente ahí donde el cómic mexicano independiente tiene la oportunidad de encontrar nuevos lectores.

Cada libro que sale de la mesa representa mucho más que una venta. Es una historia que comienza un nuevo recorrido, un lector que decide darle una oportunidad a una propuesta diferente y una forma de demostrar que las novelas gráficas hechas en México tienen mucho que decir.

Por eso disfruto tanto participar en este tipo de eventos. Porque detrás de cada ejemplar hay años de trabajo escribiendo, dibujando, editando, corrigiendo y apostando por contar historias desde una perspectiva propia. Y porque cada lector que decide apoyar un proyecto independiente hace posible que los siguientes libros puedan existir.

Si ya tienes alguno de mis títulos, puedes llevarlo para firmarlo. Siempre es un gusto volver a encontrarme con quienes han acompañado este camino durante años, escuchar qué les pareció alguna historia o saber cuál fue el personaje que más los marcó.

Además, en esta, la edición 22 del GRAN REMATE DE LIBROS, DISCOS Y PELÍCULAS obviamente estará disponible también todo el catálogo de Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Y si será la primera vez que nos conocemos, también será un placer platicar contigo y ayudarte a encontrar el libro que mejor se adapte a tus gustos. No importa si disfrutas el horror, la ciencia ficción, el cyberpunk, el drama o simplemente quieres descubrir qué está pasando actualmente en el cómic mexicano independiente; seguramente encontraremos una historia para ti.

Así que aparta la fecha.

Del 28 de julio al 2 de agosto estaré esperándote en la edición 22 del GRAN REMATE DE LIBROS, DISCOS Y PELÍCULAS, en la Explanada del Monumento a la Revolución, como parte de la gira #NoEstamosAquíDeVisita 2026 de Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Si estabas esperando una buena oportunidad para llevarte alguno de mis libros con excelentes descuentos, este es el momento. Espero verte por ahí, platicar un rato, firmar tus ejemplares y compartir contigo todas las historias que he preparado durante estos años.

¡Nos vemos en el Remate!

Reseña de mi novela gráfica LODO en EL Humanista Digital

Te comparto una reseña de mi novela gráfica LODO en El Humanista Digital, que estuvo a cargo de Jazmín Estrada Villagrán el pasado mes de diciembre.

Y te comparto algunas de las ideas más potentes de su texto a quien aprovecho para agradecerle sus palabras para reseñar mi obra.

“Con una narrativa no lineal y en primera persona, Santarriaga construye un relato donde el tiempo y la memoria se convierten en personajes activos que acechan y devoran. Entre saltos temporales —1932, 1941 y 1984—, el lector se sumerge en un rompecabezas de recuerdos, pasiones y terrores, donde la cueva y la enigmática Malena son detonantes de un destino inevitable.”

 

“Lodo confirma a Santarriaga como una de las voces más relevantes del cómic mexicano contemporáneo. No es solo un relato de horror, sino un eco persistente que nos recuerda que todos, tarde o temprano, debemos enfrentar las sombras que nos definen.”

 

“En esta ocasión, Héctor presenta la que quizá sea su mejor novela gráfica de terror: una obra de narrativa envolvente, llena de saltos en el tiempo, atravesada por un matiz constante de misterio y horror, y con un conflicto central devastador: cuando el apego, dormido pero nunca olvidado, se convierte en una bestia capaz de devorarlo todo hasta dejarlo en ruinas.”

 

“En la obra de Santarriaga, el tiempo no pasa: acecha; y la memoria no recuerda: devora”

 

“Y es en este eco donde se escucha también la voz de Héctor Santarriaga, quien ha consolidado una obra que trasciende lo inmediato y se convierte en referente cultural. Con Lodo, su legado en la narrativa gráfica mexicana se afianza, recordándonos que el cómic es un territorio fértil para explorar las profundidades de la condición humana y un faro que proyecta al cómic nacional hacia el presente y el futuro.”

 

“Lodo no es solo una novela gráfica de terror: es una obra que reafirma la madurez del cómic mexicano independiente, un testimonio artístico que dialoga con la memoria, el tiempo y el destino, y que demuestra que en la narrativa gráfica también laten las grandes preguntas universales de la literatura.”

Ve a leer completa la reseña de mi novela gráfica LODO en El Humanista Digital.

Nos vemos en el ENCUENTRO MULTIVERSOS NGM 2026

¡Hola!

Siempre me emociona escribir este tipo de entradas porque significan una cosa muy importante: es momento de volver a salir al encuentro de las y los lectores. Después de muchas horas de escribir, dibujar, editar, imprimir, empacar libros y preparar nuevos proyectos, llega la mejor parte de todo este proceso: poder compartir ese trabajo cara a cara con quienes hacen que todo esto tenga sentido.

Por eso quiero contarte que, como parte de la gira #NoEstamosAquíDeVisita 2026 de Pura Pinche Fortaleza Cómics, estaré participando en el ENCUENTRO MULTIVERSOS NGM 2026, que se llevará a cabo del 11 al 12 de julio en el Centro Cultural España, ubicado en Guatemala 18, Centro Histórico, Ciudad de México.

Si llevas tiempo siguiendo mi trabajo, sabes que disfruto muchísimo estos espacios. Más allá de vender libros, representan una oportunidad para conversar sobre cómic mexicano, literatura, ciencia ficción, horror, cyberpunk, novela gráfica y todos esos temas que nos apasionan. Siempre termino aprendiendo algo nuevo gracias a las conversaciones que surgen durante cada evento, y precisamente por eso me gusta regresar una y otra vez a las ferias, festivales y convenciones.

Si apenas estás descubriendo mi trabajo, esta también puede ser una excelente oportunidad para conocerlo de cerca. No hay nada como hojear un libro antes de decidir llevártelo, revisar los dibujos, descubrir el tipo de historias que cuento y platicar directamente conmigo sobre cuál puede ser el mejor punto para comenzar.

Algo que me hace especialmente feliz de este evento es que llevaré disponible prácticamente toda mi obra publicada. Si tenías pendiente conseguir alguno de mis libros, esta será una excelente oportunidad para hacerlo sin esperar envíos ni buscar existencias en distintas librerías.

Podrás encontrar novelas gráficas de ciencia ficción como HERMANOS, donde el futuro huele a concreto, sangre, familia y rock & roll; o LUZ ETERNA, una historia donde el amor y la destrucción viajan en el mismo automóvil.

Si prefieres los futuros decadentes y las ciudades dominadas por la tecnología, también estarán disponibles CODA: LA BAILARINA, EL HIPOPÓTAMO Y EL MURO, una novela gráfica cyberpunk donde el mañana se cae a pedazos y aún así hay que ir a trabajar, así como CUERVO ELÉCTRICO, donde el sistema parece saberlo todo de ti… excepto quién querías llegar a ser.

Para quienes disfrutan el horror, llevaré títulos como GILA: EL SOL NEGRO, una historia donde los monstruos tienen nombre y los dioses tienen hambre; BAJO LA PIEL DE LA BRUJA, donde las brujas son apenas una advertencia; y LODO, una novela gráfica que demuestra que volver a casa puede convertirse en el peor descenso imaginable.

También estará disponible SERENATA DEL ZOMBI, una historia muy mexicana donde los mariachis son la última esperanza del fin del mundo, además de FORJADOR, una antología de cómics donde los ángeles no pueden volar y los robots también lloran.

Y, por supuesto, llevaré la trilogía completa de SUEÑOS ROTOS. Se trata de una serie de novelas gráficas donde la realidad resulta más cruel que cualquier pesadilla. Si ya conoces alguno de los volúmenes, quizá este sea el momento perfecto para completar la colección. Y si aún no la has leído, podré ayudarte a decidir por cuál comenzar.

También estará disponible MIRANDO AL MONSTRUO A LOS OJOS, un cómic que habla sobre ese momento en el que el miedo deja de perseguirte cuando decides enfrentarlo.

Cada uno de estos libros representa años de trabajo, investigación, escritura, dibujo, diseño editorial y, sobre todo, la enorme convicción de que en México se pueden hacer novelas gráficas ambiciosas, personales y con identidad propia. Historias que no buscan parecerse a nadie más, sino encontrar su propia voz.

En los últimos años he tenido la fortuna de recorrer distintos espacios del país gracias a Pura Pinche Fortaleza Cómics. Cada evento ha sido distinto, pero todos tienen algo en común: la posibilidad de conocer personas increíbles que aman las historias tanto como yo. Muchas veces alguien llega buscando un solo libro y termina descubriendo otros géneros que nunca imaginó leer; otras veces alguien vuelve años después para contarme qué significó una historia en un momento importante de su vida. Ese tipo de encuentros son imposibles de planear, pero son precisamente los que hacen que valga la pena recorrer kilómetros cargando cajas llenas de libros.

El ENCUENTRO MULTIVERSOS NGM se ha convertido en un espacio donde convergen proyectos independientes, autores, ilustradores, editoriales y lectores con un interés genuino por descubrir propuestas distintas. Por eso me entusiasma formar parte de esta edición. Siempre es estimulante compartir mesa con colegas que, desde distintas trincheras, siguen apostando por contar historias y fortalecer la escena del cómic mexicano.

Si decides asistir, no dudes en acercarte a saludar, hacer preguntas, platicar sobre alguno de los libros o simplemente conversar un rato. Si ya tienes algún ejemplar, puedes llevarlo y con gusto te lo firmaré. Y si todavía no sabes cuál elegir, estaré encantado de ayudarte a encontrar el que mejor conecte con tus gustos.

El apoyo de cada lector hace una diferencia enorme para proyectos independientes como Pura Pinche Fortaleza Cómics. Cada libro que encuentra un nuevo hogar permite que las siguientes historias puedan escribirse, dibujarse y publicarse. Por eso agradezco profundamente a todas las personas que han acompañado este camino durante tantos años y también a quienes apenas están por descubrir mi trabajo.

Así que ya lo sabes: del 11 al 12 de julio nos vemos en el Centro Cultural España, ubicado en Guatemala 18, Centro Histórico de la Ciudad de México, como parte del ENCUENTRO MULTIVERSOS NGM 2026 y de la gira #NoEstamosAquíDeVisita 2026 de Pura Pinche Fortaleza Cómics.

Espero que puedas darte una vuelta. Será un gusto conocerte, saludarte, platicar contigo y ayudarte a encontrar tu próxima lectura. Ojalá nos veamos entre libros, cómics y muchas buenas historias.

¡Nos vemos muy pronto!

Lecturas de Junio 2026

Junio fue, probablemente, uno de los meses más completos que he tenido en lo que va del año. Hubo relecturas que disfruté tanto como la primera vez, series que continúan creciendo con cada volumen y varios descubrimientos que me recordaron por qué siempre vale la pena salir de la zona de confort. También fue un mes donde el cómic mexicano tuvo una presencia importante entre mis lecturas, algo que siempre procuro mantener. Como ya es costumbre, alterné entre formatos físicos, digitales y audiolibros, disfrutando cada uno de ellos de manera distinta.

Este fue el recorrido de junio.

1. The Collected Essex County, de Jeff Lemire

Una relectura que disfruté muchísimo. Jeff Lemire tiene una sensibilidad muy particular para construir historias íntimas, donde los silencios pesan tanto como los diálogos. Siempre me ha gustado su trazo aparentemente sencillo y la paciencia con la que desarrolla a sus personajes. Volver a Essex County fue recordar por qué considero esta obra una de las grandes novelas gráficas contemporáneas.

2. Invisible Republic, Vol. 1, de Corinna Sara Bechko y Gabriel Hardman

Lo leí en formato digital y fue una sorpresa bastante agradable. La historia mezcla ciencia ficción con intriga política de una forma muy inteligente, mientras que Gabriel Hardman construye un apartado gráfico sólido y muy cinematográfico. Definitivamente me dejó con ganas de continuar la serie.

3. Transformers, Vol. 1: Robots in Disguise, de Daniel Warren Johnson

Daniel Warren Johnson consiguió algo que parecía muy complicado: darle nueva vida a Transformers. Este reinicio conserva toda la espectacularidad de la franquicia, pero la combina con personajes mucho más humanos y una narrativa llena de energía. Su dibujo transmite una fuerza impresionante en cada página.

4. Transformers, Vol. 2: Transport to Oblivion, de Daniel Warren Johnson y Jorge Corona

El segundo volumen mantiene el enorme nivel del primero. La historia continúa creciendo y el trabajo artístico de Jorge Corona complementa muy bien la propuesta visual de la serie. Sin duda, esta nueva etapa de *Transformers* se ha convertido en una de las mejores reinterpretaciones que ha tenido la franquicia.

5. Silver Surfer: Black, de Donny Cates y Tradd Moore

Una de las grandes sorpresas del mes. Me dio muchísimo gusto reencontrarme con el trabajo de Tradd Moore, un artista con un estilo completamente único. Sus páginas son una explosión de creatividad y movimiento. Además, Donny Cates entrega una historia que entiende perfectamente el carácter cósmico y filosófico de Silver Surfer. Sin duda, una de las mejores historias del personaje.

6. Biblioteca Michael Moorcock: Las crónicas de Corum, Vol. 1: El caballero de las espadas, de Mike Baron y Mike Mignola

Sigo disfrutando mucho las adaptaciones del universo de Michael Moorcock. En esta ocasión fue el turno de Corum, con un Mike Mignola que ya dejaba ver muchos de los elementos visuales que más tarde definirían su carrera. Una lectura obligada para quienes disfrutan la fantasía clásica.

7. Mujina into the Deep 2, de Inio Asano

Asano continúa construyendo un mundo tan extraño como fascinante. Me sigue sorprendiendo su capacidad para mezclar lo cotidiano con lo absurdo y lo existencial. Cada nuevo volumen confirma que sigue siendo uno de los autores más interesantes del manga contemporáneo.

8. Absolute Superman: For All Seasons, de Jeph Loeb y Tim Sale

Siempre es un placer regresar al trabajo de Jeph Loeb y Tim Sale. La sensibilidad con la que retratan a Superman convierte esta historia en una de las mejores aproximaciones al personaje. Tim Sale, como siempre, realiza un trabajo visual extraordinario.

9. Batman: Curse of the White Knight, de Sean Gordon Murphy

La continuación de White Knight mantiene el nivel de la primera entrega. Murphy ha construido uno de los universos alternativos de Batman más interesantes de los últimos años, tanto por sus ideas como por su espectacular apartado gráfico.

10. Descender, Vol. 5: La rebelión robot, de Jeff Lemire

Cada tomo confirma que Descender es una de las mejores series de ciencia ficción de la última década. Lemire sigue desarrollando un universo enorme sin perder de vista a sus personajes, mientras Dustin Nguyen continúa regalando algunas de las acuarelas más hermosas que he visto en un cómic.

11. Bone: The Complete Cartoon Epic in One Volume, de Jeff Smith

Tenía muchas ganas de volver a esta obra. Bone es uno de esos raros casos donde una historia puede ser divertida, emotiva, épica y profundamente entrañable al mismo tiempo. Jeff Smith demuestra por qué esta novela gráfica es considerada un clásico moderno.

12. Jacobo y el Ángel, de Sol Ébano

Una obra de yaoi con valores ambientada dentro del universo de Operación Bolívar. Me pareció muy interesante ver cómo amplía ese universo desde una perspectiva completamente distinta. Una propuesta arriesgada y muy bien ejecutada.

13. Posada: La vida no vale nada y la hoja suelta un centavo, de Gonzalo Rocha

Una lectura fascinante que recupera la figura de José Guadalupe Posada desde una mirada profundamente gráfica. Gonzalo Rocha consigue rendir homenaje a uno de los artistas más importantes de México sin perder su propia personalidad como narrador. Publicada por Editorial Resistencia.

14. David Mazzucchelli’s Daredevil: Born Again Artisan Edition, de Frank Miller y David Mazzucchelli

Más que una simple lectura, fue una oportunidad para estudiar el trabajo de David Mazzucchelli. La edición Artisan permite apreciar el dibujo con un nivel de detalle extraordinario. Born Again sigue siendo una clase magistral de narrativa gráfica.

15. Gente de nubes, de Ricardo García Fuentes “Micro”

Uno de los libros más esperados del año para mí. La nueva novela gráfica que publicamos en Pura Pinche Fortaleza Cómics confirma el enorme talento de Micro como narrador. Una obra profundamente humana que aborda temas importantes con mucha sensibilidad y una identidad visual muy sólida.

16. Comixtlán, de Luis Fernando

Una colección de historietas cortas que demuestra el enorme oficio de Luis Fernando. Cada relato funciona por sí mismo, pero en conjunto construyen una muestra muy representativa de la versatilidad del autor. Una lectura maravillosa.

17. 20th Century Boys: The Perfect Edition, Vol. 2, de Naoki Urasawa

Urasawa continúa aumentando el misterio de manera magistral. Cada volumen deja más preguntas que respuestas y hace prácticamente imposible dejar de leer. Sigue siendo uno de los mejores narradores del manga.

18. Tipos que no duermen por la noche, de Iván Farías

Una colección de cuentos que me impresionó muchísimo. Iván Farías demuestra una enorme capacidad para construir personajes y atmósferas en muy pocas páginas. Varias de las historias permanecieron conmigo mucho tiempo después de haber terminado el libro.

19. Sonya la Roja: La sombra del buitre, de Robert E. Howard

Leí la edición de la colección Vientos de Pueblo publicada por el Fondo de Cultura Económica. Siempre resulta interesante regresar a los relatos originales de Howard y descubrir la fuerza que todavía conservan. Una lectura muy disfrutable para quienes disfrutan la fantasía heroica.

20. 30 Days of Night, de Steve Niles y Ben Templesmith

Hacía tiempo que quería volver a esta obra. La combinación entre el guion de Steve Niles y el estilo pictórico de Ben Templesmith sigue siendo una de las propuestas más originales dentro del cómic de horror. La atmósfera opresiva que construyen continúa funcionando tan bien como cuando la leí por primera vez.

Junio terminó siendo uno de esos meses que recuerdan por qué leer sigue siendo una de mis actividades favoritas. Hubo historias que me emocionaron, otras que me hicieron detenerme a estudiar el trabajo de sus autores y varias que simplemente disfruté por el enorme placer de dejarme llevar por una buena narración. Si algo me dejó este mes fue la certeza de que siempre habrá nuevos mundos por descubrir, pero también obras a las que vale la pena regresar una y otra vez porque, con cada lectura, tienen algo distinto que decirnos.